Calor de agosto: ¿por qué seguimos siendo tan machistas?

Si la entrega, el compromiso y el aporte de valor en el trabajo no tienen atributos, ¿por qué entonces se reinterpretan en clave de género?

Me he resistido durante más de 2 años, el tiempo desde que fundamos COCREANET, a escribir en el blog sobre este tema, pero me vais a perdonar hoy la licencia, los lectores habituales, de permitirme un desahogo: la sociedad es machista, tremendamente machista.

compromiso sociedad

Banco de imágenes de Creative Commons, autor Seabamirum

Soy cofundadora de esta empresa, junto con mi socio, y soy mujer. Antes que empresaria, he tenido otros cargos de responsabilidad en empresas públicas y privadas y, como todas, llevo sufriendo en mi piel las mil y una formas de discriminación que todavía pueblan nuestro mundo. Me niego a llamarlas “micromachismos” porque eso las reduce a la banalidad (aunque sé que no es ese el matiz formal del concepto) en el imaginario popular. Son situaciones sibilinas muchas veces, lo que las hace aún más peligrosas, mezquinas diría, porque hasta los más concienciados y concienciadas pueden llegar a pasarlas por alto.

En mi entorno empresarial se manifiestan en pequeños gestos que me gustaría compartir con vosotros y vosotras por aquello de poner el foco y, de paso, si consigo levantar ampollas, lograr algún cambio que será muy bien recibido. Son esas pequeñas cosas, que diría mi idolatrado Serrat, que hacen que lloremos cuando nadie nos ve. Al menos, en mi caso, si no me llegan a provocar el llanto – una ya tiene callo – si me generan una punzada de dolor y me entristecen, sobre todo eso.

Es lo que ocurre, por ejemplo, cuando al presentarnos a un posible colaborador (léase partner, cliente, proveedor…), noto como la conversación se dirige casi exclusivamente a mi socio: las miradas que buscan afirmación, las expresiones de complicidad y otros cuantos recursos más del lenguaje verbal y corporal. Siento a veces como si mi presencia hubiera dado paso a una nebulosa y ya no existo, soy una espectadora de algo que está ocurriendo fuera de mí.

Quien no me conozca podría pensar que mi propio carácter invita a ello pero nada más lejos de la realidad: de hecho, tal vez por hábitos del pasado, tiendo a liderar las reuniones, luego no hay caso. Tampoco es algo que provoque mi socio con su manera de proceder: quien nos conoce sabe que Santi, además de una bellísima persona, es un tío pausado que escucha mucho más que habla y que rehuye el protagonismo salvo que no le quede más remedio. A él, que además está plenamente alineado con mi causa feminista, le molestan tanto como a mí este tipo de situaciones.

Me pregunto, por ejemplo, por qué mi teléfono suena muchas menos veces que el suyo cuando se trata de concertar una reunión, de aclarar una  cuestión sobre un proyecto en el que estamos trabajando los dos, incluso de ofrecer un nuevo proyecto. He vivido la frustrante experiencia de ver a mi socio liderar una presentación que habíamos preparado previamente los dos juntos, por el simple hecho de que quien organizaba el evento en cuestión consideró sólo la opción de que fuese mi socio quien la protagonizase.

Me gustaría no atribuir a este tipo de comportamientos una intencionalidad de daño hacia mi persona, no lo hago. Pero me cuesta entender que haya gente que, conociendo a ambos, cuente casi exclusivamente con él, aún a sabiendas que yo también estoy detrás de ese trabajo. Dice mi amiga Ángela, compañera por otro lado plenamente concienciada con el machismo latente, que en el contexto de negocios hay gente que busca relacionarse con personas similares a ellos mismos y que ese puede ser el motivo por el que en un momento dado prefieran hablar antes con mi socio que conmigo. No lo dudo, seguro que es así porque yo misma tengo mis propias preferencias personales, pero ¿todos? Cuesta creerlo.

No me hace sentir bien tampoco que cuando se trate de bromear o de vacilar (que para el caso es lo mismo), resulte que sea yo la que tiene la diana: ¿qué les hace pensar que yo voy a encajar mejor que un hombre ciertas gracias o sus gestos de complacencia mal entendida? A  lo largo de los años he aprendido a crear a mi alrededor una coraza dura (Santi lo llama “interfaz”) que responde a estas situaciones con bastante frialdad, tanta que el interlocutor se corta, pocos son los que se atreven con una segunda broma conmigo. ¿Por qué tengo que protegerme de este modo?

Me desenvuelvo en un contexto en el que por cada mujer que me encuentro hay al menos 8 ó 9 varones: emprendedores, empresarios, directivos, inversores, ejecutivos, profesores… Es el mundo de los negocios, masculino al máximo; pero me pregunto por qué, aún asumiendo mi papel de “rara avis”, les cuesta tanto verme a su nivel, considerarme una igual a ellos.

Estudié una ingeniería en un tiempo en el que aquello estaba casi exclusivamente reservado a los chicos; monté mi primer negocio con veintipocos años en una época en la que ni estaba de moda ser emprendedor, ni mucho menos emprendedora. Después pasé por la política y los cargos ejecutivos en torno a ella, otro mundo híper “testosteronizado” (hoy me permito hasta la licencia de inventarme palabras) y súper machista, por mucho que las cuotas – con las que estoy plenamente de acuerdo – hayan ayudado a darnos a la mitad de la humanidad un poco de visibilidad.  Y de ahí al MBA y a las Escuelas de Negocios, para qué contar… Quiero  decir con todo esto que ya tendría que estar acostumbrada, pero no, no lo estoy.

Como muchas de nosotras, he estudiado y trabajado muchísimo, me he esforzado al máximo y me sigo esforzando para dar lo mejor de mí en cada proyecto, con cada cliente. La entrega, el compromiso y el aporte de valor no tienen sexo, ¿por qué entonces se reinterpretan en clave de género? No, no pienso acostumbrarme, y mientras pueda seguiré haciendo denuncia pública de ello en los foros adecuados (aunque prometo a mis lectores que esta licencia en un blog de innovación y estrategia se debe solo a los calores del mes de agosto).

 

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