Los que siempre llegan tarde: el dilema de la innovación

Hay empresas, como personas, que cuando ven cómo el mundo se agita a su alrededor, se encierran esperando que pase el vendaval. Para cuando quieren innovar, ya han llegado tarde a todo.

Termino de leer un mensaje de correo electrónico de una conocida marca (obviaré el nombre) que me anuncia un evento  que se celebrará dentro de unos días y al que me invita como suscriptora de sus news. Nada que objetar si no fuera porque el evento en cuestión – al que estoy apuntada hace más de 2 meses – ya ha sido publicado y promocionado por otro sin fin de firmas, webs, escuelas de negocio…

dilema innovación

Banco de imágenes de Creative Commons, autor Aurelien Breeden

Y es que los hay que siempre llegan tarde. No me refiero sólo a las empresas, aunque por nuestro trabajo es lo que mejor conocemos, también les pasa a las personas de manera individual. Es esa gente que aunque está en el mundo y aprecia los cambios que se están produciendo a su alrededor, prefieren no tocar nada hasta que resulta inevitable.

Volviendo a las empresas, la anécdota del correo electrónico coincide en el tiempo con el encuentro fortuito con los directivos de otra compañía que conocemos desde hace muchos años. La empresa, obviaré también su nombre y a qué se dedica, tiene más de 40 años a sus espaldas. Su fundador, que aún hoy sigue al frente aunque está a punto de jubilarse, tuvo una visión innovadora con la que consiguió hacerse una más que respetable posición en su sector. El problema es que se quedó ahí, estancado, y cuatro décadas después lo que entonces resultó disruptivo hoy parece sacado de un museo de la prehistoria.

Me da muchísima pena hablar así porque conociendo personalmente a los gerentes de esta organización, sabiendo lo buena gente que son, es una tristeza ser testigos año tras año de su hundimiento. Podréis pensar que ya nos vale, que podríamos advertirles, pero no creáis que no lo hemos intentado porque se nos ha cansado la boca de hacerlo. Y me consta que no hemos sido los únicos. El problema no es que te cuenten, ni siquiera oír, el problema es no querer escuchar.

Hay empresas, algunas son grandes corporaciones, que se despiertan esta mañana con una ocurrencia que podría ser el titular de un periódico de hace, pongamos, dos años, y piensan que han dado con la clave de la solución a sus problemas (problemas de pérdida de posicionamiento, de pérdida de clientes, de reducción de ingresos…). ¿Dónde estaban dos años atrás? Con otra ocurrencia también desfasada.

Aunque son muchos los autores que nos hablan de la paradoja o del dilema de la innovación, entre otros el maestro Clayton M. Christensen, lo cierto es que cuando aterrizas la idea a tu pequeño mundo real y le pones cara y nombre y apellidos, no dejas de sentirte sorprendida por ello. Y un poco enfadada.

Porque parece mentira que esas mentes brillantes capaces de poner en marcha los proyectos empresariales más rompedores de su tiempo, sean las mismas que hoy permanecen a resguardo de sus despachos, empequeñecidos por un suntuoso sillón directivo que cada día parece engullirles más. Dan ganas de agitarles.

Lejos de lo que pueda pensarse, esto no tiene nada que ver con la edad cronológica. Conocemos gente que ya pasó hace tiempo la edad de jubilarse y que sin embargo siguen estando al pie del cañón y dando lecciones de innovación a los más jóvenes del lugar. Como también conocemos directivos jóvenes que se han mimetizado con un entorno en el que ya sólo tiene cabida la burocracia (los procedimientos, las normas, la cultura corporativa, el “siempre hemos hecho así las cosas”…).

En innovación y en tecnología hablamos de los “early adopters” y de la “mayoría”, incluso de la “mayoría tardía” para explicar porque unos consumidores entran antes que otros a probar las soluciones más innovadoras. El ciclo de adopción de la tecnología es un fenómeno estudiado que no aporta más o menos valor a unos o a otros, se limita a clasificarles. Si eres un consumidor “pionero” serás el primero en querer probar las soluciones que el mercado te ofrece y tendrás gran valor en esos primeros tiempos; pero será mucho más importante que tú la gran masa crítica una vez que el negocio se haya consolidado, porque esa  “mayoría”, incluso “tardía” es la que genera los mayores beneficios.

Pero si eres una empresa y quieres seguir siéndolo (entendámonos, quieres seguir jugando en el mercado, lo contrario es convertirte en zombi), pertenecer a una u otra categoría no sólo dice mucho de tu momento  vital sino que habla de tu futuro, más bien te marca la línea por la que vas a transitar. Las empresas pioneras – sean cuáles sean en cada tiempo – son las que con bastante probabilidad seguirán compitiendo y tendrán algo que decir en los próximos años (Teoría del empresario innovador de Shumpeter). Las empresas “tardías”, por mucho que sean mayoría (y lo son, desgraciadamente), las que siempre llegan tarde a todo, con bastante probabilidad formarán parte del recuerdo dentro de poco.

Lo más difícil que tenemos ahora, en este tiempo que nos toca vivir, es seguir siendo innovadores en un mundo que corre a gran velocidad, que cambia cada instante, que revisa sus tendencias casi mensualmente. El cambio de paradigma no es, a mi juicio, el de innovar (la elección de innovar o no hacerlo), sino el de asumir que el nuevo paradigma es el cambio en sí mismo. Innovar no para adaptarse (eso ya es pasado) sino para seguir cambiando e innovando cada día. Innovar no como estrategia, sino como cultura.

Un buen amigo, empresario también, gastó una buena suma de dinero hace un par de años en crear una nueva web de su empresa. Estaba, y sigue estando, súper orgulloso de ella. En la web ofrece un portfolio completo de sus servicios y soluciones. Cuando, hace poco, comentábamos con él la posibilidad de abordar nuevas líneas de negocio, variando ligeramente algunas de las anteriores y transformando completamente otras, nos decía con tristeza: “no puedo hacer eso, si nuestra web dice que hacemos otra cosa, tendría que empezar por encargar todas esas modificaciones para la web”. Cómo explicarle que para cuando esas actualizaciones de la web estén terminadas ya habrán quedado obsoletas.

El orden clásico de primero pensar y luego actuar, al que tan acostumbrados estamos todos, se ha invertido para siempre: si no quieres ser de los que siempre llegan tarde a todo, primero actúa y luego,  si acaso, ya pensarás.

 

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