El conocimiento y la innovación, estrategias de la Nueva Economía

La información, transformada de manera sistemática en conocimiento, es un generador de riqueza para las personas, las empresas y la sociedad en su conjunto. Un bien intangible que tiene hoy posiblemente más valía que cualquier otro material.

Se dice de esta etapa de la historia que nos ha tocado vivir que es la de la Era de la Información, y que tenemos que sentirnos satisfechos por ello. Pero no sólo es cuestión de información: la información, transformada de manera sistemática en conocimiento, es un generador de riqueza para las personas, las empresas y la sociedad en su conjunto. Un bien intangible que tiene hoy posiblemente más valía que cualquier otro material.

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Banco de imágenes de Creative Commons, autor Quinn Dombrowski

A través del proceso de generación de conocimiento, los productos y servicios adquieren un valor añadido. Pero además, el proceso es cíclico: un producto o servicio que se transforma, a través del estudio y el conocimiento, generando un nuevo producto o servicio mejorado del anterior y que vuelve a someterse a esa transformación en un ciclo continuo. Esto es la innovación.

¿Y qué tienen que ver la innovación y el conocimiento con la tecnología?: las Nuevas Tecnologías han servido a la causa de generar conocimiento de tal modo que se han convertido en verdaderos aceleradores de ese proceso cíclico que llamamos innovación. Y es en este punto donde hablamos de la era de la información y el conocimiento. Eso ha hecho posible que las empresas puedan adoptar modelos de trabajo que integran la generación de conocimiento (innovación) como parte fundamental de su producción.

Pero, ¿están las empresas aprovechando, estamos aprovechando, este proceso? Es justo aquí donde entra en juego la economía de las empresas, los ratios de rentabilidad. El conocimiento generado rápidamente se globaliza y se deprecia (se comoditiza), pero también es cierto que cuando la base de la transformación de la información en conocimiento se realiza mediante el uso de las herramientas TIC, una vez recuperada la inversión, el coste directo se acerca a cero a medida que aumenta el volumen de producción (economía de escala acelerada). Es lo contrario que ocurría en la economía clásica, donde el crecimiento en costes directos es casi proporcional al del volumen de la producción.

Este razonamiento es la base sobre la que Peter Drucker construye su teoría económica (Nueva Economía), que sitúa además en equilibrio entre los modelos keynesianos (el motor de la economía es el consumo) y los modelos neoliberales (el motor de la economía es la inversión). Se considera a Peter Drucker (férreo defensor del valor del talento humano – de los trabajadores dentro de las empresas, en este caso -) el padre de las teorías sobre sistemas de información y sociedad del conocimiento.

Las posibilidades que ofrece ese proceso acelerado son aplicables a todos los campos de la industria, de las empresas, de la educación y la enseñanza, de la salud y el bienestar de las sociedades, etc. En definitiva, la cultura del conocimiento dinamiza la economía y crea valor a las empresas y los estados.

Es curioso entonces como contrastan estos argumentos con las cifras referentes a la inversión en I+D: según la Oficina Estadística Comunitaria (Eurostat), la inversión española en I+D (1,24% del PIB) está por detrás de la media europea (2,02%) y muy por debajo de países como Alemania o Austria (2,94% y 2,81%, respectivamente), además la brecha ha crecido en los últimos años. Países como Corea del Sur o Japón son líderes en inversión I+D con porcentajes en torno al 4% de su PIB y EE.UU. se acerca al 3%. El futuro de un país y su economía se miden por estos valores. El compromiso con la I+D corresponde tanto al sector privado como a la inversión pública. En España, el 53% de la inversión en I+D la realizan las empresas, un 28% los centros de conocimiento e instituciones de enseñanza superior y un 19% la Administración Pública.

Caminar hacia la economía del conocimiento que anticipaba Drucker significa pasar de una estrategia competitiva basada en eficiencia de costes a otra basada en la diferenciación gracias a los mejores productos y servicios que se consiguen mediante la transformación del conocimiento. Para ello, la cultura del país tiene que entender que la inversión en ciencia, en tecnología, en innovación, es rentable aunque el retorno pueda llegar más despacio.

Pero es que, además, seguir insistiendo en los modelos antiguos soportados en eficiencia de costes es complicado para países como España, cuyos costes de producción y laborales difícilmente pueden competir con otras economías en desarrollo. Por tanto, es una prioridad abordar ese cambio cultural. La actividad innovadora tiene un componente intrínseco de riesgo que le produce aversión al empresario medio español. Es aquí donde la iniciativa pública tiene que tomar las riendas para favorecer el cambio cultural con medidas concretas: facilitar la propiedad y explotación de los resultados de la I+D (licenciamiento y patentes), cooperación pública – privada, centros de conocimiento e innovación protegidos, canales directos de transmisión Universidad – Empresas, educación en emprendimiento, etc.

La conexión entre las tres patas sobre las que tiene que girar la cultura de la innovación del país está en el origen de proyectos fabulosos que se han convertido en referentes para el mundo entero. Fue lo que ocurrió en Silicon Valley. En los años 50 del siglo pasado, la Universidad de Stanford puso en marcha un programa para animar a los estudiantes con espíritu emprendedor a que se establecieran en una extensa zona de terreno infrautilizada; los promotores suscribieron acuerdos con empresas y con firmas de capital riesgo para proveer a los pioneros de la infraestructura y recursos necesarios para comenzar a trabajar en sus Startup, mientras obtenían sus títulos universitarios. La tecnología se hizo hueco y en “El Valle” tienen su origen compañías tan importantes como Hewlett Packard o Intel, por mencionar sólo algunos ejemplos. Con los años, se creó un clima propicio al I+D y hoy día Silicon Valley no sólo sigue siendo el centro líder del mundo de la innovación sino que ha pasado a denominar toda una categoría de espacios de estas características que se han intentado reproducir a escala planetaria.

En España, existen tímidos intentos por generar, en espacios promovidos casi siempre por la iniciativa privada, esa cultura y ese clima de emprendimiento. En Madrid, en Barcelona, en Valencia, en el País Vasco, se han puesto en marcha proyectos que combinan la innovación y la tecnología con la gestión de información y el conocimiento para albergar el nacimiento de Startup. Los emprendedores que se dan cita son autónomos o microempresas, muchas con base tecnológica aunque también las hay de otros sectores, que han llegado ahí en la mayoría de las ocasiones como resultado de su expulsión o dificultad de entrada en el mercado laboral clásico. Estos espacios no sólo son un lugar físico para trabajar (modelo coworking), sino que también representan un apoyo para el asesoramiento, la formación y la atracción de capital inversor.

Aparte de todo, uno de las principales ventajas de estos centros de innovación y conocimiento es la atracción que sienten por ellos las grandes empresas. Es algo similar a lo que propone Osterwalder (autor del CANVAS para modelos de negocio) como modelo de negocio abierto. El precursor de la idea, Chesbrough (Director Ejecutivo de Haas School of Business, de Berkeley), mantiene que las empresas pueden crear más valor y explotar mejor sus procesos de innovación si incorporan como parte de dichos procesos el conocimiento que se crea externamente. Se trata de aprovechar el talento de socios y colaboradores más pequeños para dinamizar los procesos de I+D de la propia empresa. La colaboración ofrece a la gran empresa una flexibilidad y una minimización de riesgos que de otro modo no tiene; para los pequeños innovadores y emprendedores, esta es una oportunidad de catapultar definitivamente sus proyectos. Una asociación win – win.

Tal vez este tipo de simbiosis recoge perfectamente la esencia misma del conocimiento: el único bien que crece cuando se comparte (la frase se la escuché a Javier Soriano Rouco, él se la atribuyó a Aristóteles, y me encanta).
Por tanto, sentirnos dichosos por vivir la Era de la Información sí, por supuesto, pero alertas para que no se nos escape la oportunidad que representa de generar conocimiento y crear valor, para las empresas y la sociedad en toda su amplitud. En definitiva, para hacer de este un mundo mejor.

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