Fábula de innovación: lo que diferencia unos emprendedores de otros

Ser emprendedor y ser innovador no es lo mismo. Hay innovadores que nunca emprenden y emprendedores que nunca innovan.

Ramón montó un bar. Hasta aquí nada de particular. Pero lo que diferencia a Ramón de otros emprendedores hosteleros es que Ramón había tenido la visión de su bar mucho antes de empezar a reunir los medios para lanzarse a la aventura.

En su pueblo, Ramón llevaba años echando en falta un lugar en el que compartir buenos ratos con sus amigos. Los bares que existían o estaban destinados a “echar la partida” los jubilados a partir de la sobremesa, o eran elegantes cafeterías donde las señoras bien merendaban con sus amigas. Ramón soñaba con un tipo de establecimiento destinado a un público más juvenil que sin embargo gustaba de hacer las mismas cosas: charlar en un ambiente relajado pero no excesivamente exquisito, picar algo de comida a buen precio pero cocinada con esmero, pasar una entretenida tarde de domingo, compartir el visionado de un buen partido…

emprendedor innovador

Banco de imágenes de Creative Commons, autor Sascha Kohlmann

Valiéndose de la indemnización que le dieron al cerrar la fábrica donde trabajaba y echando mano de familia y amigos, Ramón consiguió abrir su bar muy cerca de la plaza principal del pueblo. Corría la década de los años 60 y el bar de Ramón, más de medio siglo después, sigue siendo un referente para varias generaciones de parroquianos.

Ni qué decir tiene que a lo largo de estos 50 años han pasado muchas cosas, dentro y fuera de la vida de Ramón, en el entorno de su ciudad y de sus vecinos pero también en su historia personal. Lo que le permitió a Ramón mantener a flote su bar – después en manos de sus hijos – fue una mezcla inteligente entre conservar la esencia e ir actualizándose para adaptarse a los nuevos gustos de los clientes.

Los hijos de Ramón tienen la impresión de que sus problemas empezaron cuando les obligaron a trasladarse de local. El bar original ocupaba los bajos de una edificación antigua cuyo dueño decidió vender a una promotora inmobiliaria para construir un bloque de viviendas. Francamente, no creo que esa sea la causa de su deterioro como negocio puesto que el nuevo local, situado a tan sólo 50 metros del primero, es incluso más grande y mejor dotado.

Los actuales gerentes del bar de Ramón pasan por alto otras decisiones que han tomado en los últimos años y que han alterado definitivamente su modelo de negocio: han reducido el espacio destinado a mesas, ampliando a cambio el espacio de barra – en el antiguo bar a veces resultaba complicado acercarse a pedir la consumición por la cantidad de público que se arremolinaba en torno a la barra -; han sustituido las mesas y sillas antiguas (de metal, muy ligeras) por otras de madera, más señoriales pero mucho más pesadas de trasladar; y la que tal vez es la más importante de todas: han limitado el espacio de cocina, reduciéndolo a una plancha y una freidora, lo que les ha obligado a alterar su carta.

Lo que los hijos de Ramón no terminan de entender es que han convertido su bar en un estándar de los que, sólo en un radio de 1 kilómetro alrededor, debe de haber como otros 12 bares iguales. Es curioso porque el original bar de Ramón fue objeto de varias copias a lo largo de sus años de existencia, algunas incluso muy próximas a su ubicación; ninguna de estas copias logró nunca alcanzar ni la mitad de la cuota de popularidad que tenía el bar de Ramón. Desde que el bar de Ramón ha perdido su esencia esas copias han empezado a vender más, aunque a decir de los clientes habituales – siempre tan dados a la comparación  – no tiene nada que ver con aquello, pero… es lo que hay.

La innovación, contada a través de esta fábula que – no obstante – tiene muchas partes de verdad (aunque, claro está, hemos omitido lugares, alterado nombres, etc. para evitar que se puedan identificar con el caso real), no es una cualidad que se pueda dar por supuesta a todos los emprendedores, empresarios, gerentes, directivos… Cuando hablamos de emprendedores inmediatamente se nos vienen a la cabeza nombres como Steve Jobs, Jeff Bezos, Elon Musk… pero no es correcta esta asociación: ser emprendedor es tener la iniciativa de activar un negocio, y ser innovador es tener la visión de crear algo diferente que altere el statu quo.

Ramón fue un emprendedor, como lo han sido sus hijos (que decidieron continuar el negocio de su padre añadiéndole su propia personalidad), pero lo que diferencia a uno de los otros es que Ramón fue, ante todo, innovador.

Todos los años abren nuevos negocios, se crean empresas, para explotar un espacio de oportunidad en un mercado determinado. ¿Cuántos de esos nuevos proyectos son innovadores? Posiblemente un porcentaje muy pequeño. No tiene nada de malo, incluso puede que las opciones de sobrevivir aumenten (a fin de cuentas, se puede aprovechar el conocimiento y experiencia probadas de los que llegaron antes), pero no nos engañemos: posiblemente ese tipo de emprendedores no entrarán en los anales de la historia empresarial por cambiar el mundo.

Ser innovador y, además, emprender, es una combinación arriesgada. En efecto, aunque hoy disponemos de enfoques de trabajo que nos permiten minimizar el impacto de los errores (metodologías ágiles y adaptativas como Lean Startup), ser pionero no deja de tener un lado aventurero que se puede llegar a pagar a un precio muy alto (el fracaso).

En estos tiempos que corren en los que parece que fracasar “mola” habría que preguntarle a Ramón qué precio tuvo que pagar por su atrevimiento (incomprensión, indiferencia, soledad…). A Ramón la apuesta le salió bien, aunque no con poco esfuerzo, pero ¿y si no hubiera funcionado? A buen seguro que hubieran aparecido varias docenas de “opinadores” (“ya sabía yo que…”, “ya se lo decíamos, que dónde se estaba metiendo…”, “si es que a la gente lo que le gusta es…”, “pero a quién se le ocurre una cosa como esa…”, etc.) que habrían machacado hasta la extenuación el ya maltrecho espíritu innovador de Ramón.

Se nos acercan emprendedores, obnubilados por el halo de estrellato de los Apple, Amazon, Tesla…, cuya propuesta de negocio no tiene nada de innovador. Lo que diferencia a estos emprendedores de aquellos otros como Ramón es que estén o no dispuestos a jugarse el proyecto, muchas veces su propio prestigio personal, a una visión que inicialmente sólo está en su cabeza. Esta es la paradoja de la innovación, que para cuando todo el mundo ve que esto o aquello es innovador, es que ya ha dejado de serlo, y antes, antes sólo eres un loco.

 

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