Puede que seas un knowmad y aún no lo sepas

Knowmad es un concepto que se está haciendo muy popular para designar un modelo profesional que es mucho más que eso: es un estilo de vida.

Cuando perdió su empleo, hace ahora 7 años, no podía imaginar el giro que estaba a punto de tomar su vida. Hoy, con 54 años recién cumplidos, es un emprendedor de éxito. Su startup ha recibido varios premios por su carácter innovador, están cerrando su tercera ronda de inversión y se le rifan en congresos del sector como ponente.

emprendedor knowmad

Banco de imágenes de Creative Commons, autor bensonk42

Pero Adolfo sabe que esta es sólo una etapa más, ni la última y definitiva ni puede que sea siquiera la más importante. Porque hace 7 años aprendió que nada es para siempre y mucho menos lo que uno elige como profesión en la vida. Adolfo se reinventó a sí mismo porque se encontró con escasas posibilidades de volver a un mercado laboral que ya le daba por amortizado. Ahora le llaman knowmad y él de lo que más orgulloso está es de haber encontrado la oportunidad de conocerse, de saber cuánto de capaz es de aprender cosas nuevas y, sobre todo, de perder el miedo a lo que está por venir: sea lo que sea, podrá con ello.

La capacidad de reinvención del ser humano es ilimitada. La crisis económica y laboral que se cebó con las clases trabajadoras entre los años 2008 y 2014 – puede que todavía siga dando coletazos – tuvo un efecto positivo sobre algunos profesionales como Adolfo, que se vieron abocados a buscar una nueva manera de ganarse la vida (y, de paso, de estar en el mundo). No se trata de un alegato político, ideológico o similar, sino de una luz de esperanza ante tanta destrucción.

Hasta aquel fatídico día (no por esperado menos doloroso), Adolfo había llegado a pensar que su vida laboral quedaría para siempre ligada a aquella empresa de la que se sentía parte indisoluble. Con una carta de despido todavía caliente y mucha incertidumbre, comprendió que lo que mejor sabía hacer, lo que había hecho siempre, ya no era útil en el mundo que había crecido extramuros de su compañía y decidió emplear buena parte de su indemnización en formarse.

Primero fue un máster, después otro, y más tarde algunos programas específicos, todo aquello iba dando forma a algo que Adolfo tardó todavía un tiempo en verbalizar: montaría su propio negocio. Sus amigos, la familia, antiguos compañeros, pensaron muchas veces que aquella ocurrencia era fruto de una depresión larvada en las muchas horas que Adolfo pasó leyendo y escribiendo encerrado en su cuarto.

Pero el tiempo se burló de todos los escépticos cuando Adolfo consiguió sus primeras ventas reales. Había invertido los últimos ahorros que le quedaban en poner en marcha lo que primero fue una idea y después un producto testado. Hay que reconocer que ni el entusiasmo de los otros miembros del equipo emprendedor (3 chavales que no llegaban a los 30 pero que supieron ver en Adolfo la madurez que a ellos les faltaba) consiguió aplacar del todo la voz del miedo que Adolfo escuchaba en su interior. Pero él no desfalleció.

En un mundo líquido, Adolfo había puesto en valor lo que él siempre había considerado una tara: su afán por hacer preguntas incómodas, su tantas veces mal entendida manía por cuestionar la norma y “probar” nuevos caminos. Cuando fue manager de una gran empresa, le había costado no pocos disgustos esa tendencia suya a no conformarse con repetir procedimientos probados, a aburrirse soberanamente cada vez que un proyecto había pasado su fase piloto. Adolfo ya era emprendedor entonces pero no lo sabía.

El pensamiento  lineal no cabe en un mundo complejo, VUCA como lo llamamos ahora. Y Adolfo hizo un esfuerzo sobrehumano para doblegar su curiosidad y hacer entrar su creatividad desbordante por la horma de una cultura corporativa – pensamiento único y no cuestionable al que o te adaptas o te vas -. Llegó incluso a creerse uno de ellos, a fuerza de argumentarios aprendidos y de eventos de team building bien aprovechados. Todo se esfumó en el tiempo que tardó el Director de Recursos Humanos en explicarle por qué debía ver como una oportunidad la patada en el culo que le estaba propiciando.

Pero un knowmad no se hace, nace. Y desde aquel día Adolfo comprendió que nunca más traicionaría su naturaleza indómita. Por eso, y aunque él mismo tardó en entenderlo, encaminó sus pasos desde entonces para ser alguien libre. Por eso estudió todos aquellos másteres, para cambiar su profesión a golpe de investigación y por eso dijo sí cuando un grupo de muchachos que casi podían ser sus hijos le propusieron crear una startup.

Así es que ahora, cuando va a recoger un premio, cuando le llaman los inversores y cuando sube al escenario para participar en una mesa redonda, se revuelve ante cualquier intento de que le clasifiquen en cualquier otra categoría que no sea la de un emprendedor, alguien que – con o sin empresa propia – necesita ir más allá de los procedimientos establecidos, cambia las preguntas antes que las respuestas, orienta su talento hacia la creación de nuevas ideas, y, sobre todo, nunca jamás deja de aprender y adaptarse a los nuevos tiempos que corren. Adolfo es un knowmad pero puede que él no lo sepa.

 

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