La innovación puede cambiarlo todo: estrategia

La innovación no puede ser un cartel en la puerta de un despacho, sino una manera de hacer las cosas, una filosofía y también una estrategia.

A estas alturas, no puede haber nadie que no se haya enterado que hemos entrado en una nueva revolución industrial (la cuarta de nuestra historia reciente). Hay sectores que están cambiando y van a cambiar tanto en un futuro cercano que posiblemente no habrá quién los conozca de aquí a pocos años. No es sólo la tecnología – aunque desde luego ejerce un gran poder como motor de la transformación empresarial y social -, es la globalización, los canales de comunicación, la relación con el medioambiente… En realidad, somos las personas las que hemos cambiado y con nosotros cambia todo lo que nos rodea.

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Banco de imágenes de Creative Commons, autor AJC1

Tal vez, la novedad más importante de esta transformación tenga que ver con la dimensión temporal: todo ocurre a gran velocidad y resulta difícil identificar en qué punto del camino estamos. Mañana puede ser demasiado tarde para mirar frente a frente a esa tarea pendiente de cómo abordar, como empresas, ese nuevo entorno en el que tenemos que aprender a existir. Además, es precisamente esa velocidad la que invalida la táctica clásica a la que tan acostumbradas están muchas empresas: “yo voy a ver lo que pasa, lo que hacen los demás, y ya veré qué hago yo después”. Estar entre los rezagados, la alternativa conservadora – que algunos llaman prudencia -, no es una opción.

Pero tampoco es demasiado eficaz tomar la iniciativa para diseñar una estrategia de largo alcance: lo más normal es que las predicciones de hoy para dentro de, pongamos, 2, 3 ó 5 años, no se cumplan. ¿Qué hacemos como empresarios entonces? ¿Es que ya no sirve la estrategia? ¿Cómo sobrevivir en este nuevo paradigma?

Claro que sirve la estrategia, pero no esa que nos enseñaron los padres del capitalismo moderno de finales del siglo XX, sino una nueva estrategia que consiste precisamente en repensar continuamente dónde estamos y hacia dónde vamos. Una estrategia que podríamos llamar de acción continua o líquida, un concepto del que hemos oído hablar muy a menudo en los últimos tiempos y asociado a un sinfín de situaciones.

Esta nueva manera de hacer estrategia se alimenta de un pensamiento crítico que obliga a cuestionarse casi diariamente lo que como empresa somos: qué ofrecemos a nuestros clientes, qué valor les creamos a ellos y a todas las demás personas con las que nos relacionamos (trabajadores, proveedores, socios…), cómo hacemos las cosas internamente, en qué mercado competimos y quiénes son nuestros competidores, cuál es nuestro sector de referencia, etc.

Esta visión no puede estar en la operación, en quiénes están preocupados y ocupados porque las cosas salgan y salgan bien, sino que tiene que estar en la mente de quiénes supervisan y planifican el sistema: los directivos, los ejecutivos y, por supuesto, el empresario como máximo interesado por su negocio. Una perspectiva que mira a la empresa desde lo más alto y con un enfoque de pensamiento integral, holístico.

Y, sin embargo, no puede quedarse solamente ahí y planear como filosofía que no acaba de aterrizar en el día a día de la empresa. Los empresarios y los directivos están obligados a transmitir a toda la organización esa inquietud por descubrir permanentemente, una mirada que explora como un radar todo lo que hay alrededor de todas y cada una de las personas de la organización. La mirada del empresario innovador. Porque innovar es precisamente esto: es adoptar una postura crítica en la que seamos capaces de descubrir, antes que sea demasiado tarde, dónde están las nuevas palancas que impulsarán el negocio hacia el futuro, dónde están las nuevas tendencias y cómo nos van a afectar, dónde aparecen nuevos jugadores que pueden representar un peligro a medio plazo.

Nadie dijo que fuera fácil. Incluso puede que sólo esté al alcance de los más visionarios y/o los más valientes, pero lo cierto es que los que se niegan tozudamente a entrar en esta nueva manera de obrar empresarialmente, probablemente no sobrevivirán para contarlo.

La innovación no puede ser un cartel en la puerta de un despacho, una cajita de un organigrama, sino que tiene que ser una manera de hacer las cosas, una filosofía y también una estrategia (con acciones claras y decididas, con sus tácticas asociadas). No es tampoco un fin en sí misma, sino un medio para aprender a vivir en este nuevo contexto empresarial y social.

¿Por dónde empezar? Por supuesto, lo primero y más importante, por concienciarse, por entender que no es una alternativa lo que estamos contando sino una necesidad imperiosa. Esta no es una “moda” para vender consultoría, da igual que te guste o no, ¿te has planteado, como empresario o como directivo, si realmente conoces a tu cliente de hoy, sin ir más lejos? Todo lo que tú no controles de la respuesta a esa pregunta, mañana puede entrar un competidor que sí lo entienda y que arrase con tu posición en el mercado. Igual ni existe ese competidor ahora mismo, puede que sólo sea un grupo de chicos y chicas en un garaje, pero ya no hay enemigo pequeño.

En este nuevo contexto no hay espacio para la soberbia (“yo ya sé lo que quiere mi cliente”), ni para la prepotencia (“somos líderes en el mercado”), ni para la comodidad (“hemos optimizado nuestros procedimientos y tenemos la cadena totalmente afinada”). Tampoco hay espacio para el miedo (“si nosotros lo que sabemos hacer es esto, nada más”), o para la parálisis (“nuestra industria es muy estable, la gente siempre va a necesitar esto”). En este nuevo contexto sólo cabe la valentía.

Porque sí, la innovación puede cambiarlo todo. Puede que incluso cambie hasta quiénes somos como empresa: pasemos de fabricar A a fabricar B, de competir en este mercado para competir en este otro. Pero no cambiar con los tiempos es el camino más seguro a perder lo que tenemos: no cambiar, negarse a ver lo que está pasando, no es una omisión, es una decisión temeraria.

 

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