¿Por qué competir si podemos cooperar?

Liberémonos de la estrechez de miras y busquemos otras posibilidades más allá de la competición excluyente.

Desde mis tiempos en la Escuela Universitaria de Informática (UPM) me interesé por la Inteligencia Artificial (IA) y ahora, muchos años después, vuelvo a leer ávidamente todo lo que encuentro, empujada por la creciente producción científica y técnica del momento.

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Banco de imágenes de Creative Commons, autor Rich Orris

En aquellos tiempos (los primeros años de la década de los 90 del siglo XX), todo era demasiado complejo y sonaba a ciencia ficción en estado puro. Los sistemas no eran ni la sombra de lo que son ahora y, además, a mí siempre me interesó más la vertiente científica y humana que la netamente técnica a la que por mis estudios estaba confinada. Total que abandoné aquel camino que ahora de algún modo reencuentro con la fascinación de quien vuelve a una ciudad décadas después y encuentra que no se parece en nada a aquella que dejó.

Y sin embargo, cierto discurso permanece inalterable mientras me asombro con los avances producidos: ¿qué pasa si las máquinas son un día capaces de superar a los seres humanos? Y me sorprende aunque ya es muy, pero que muy antiguo (un debate similar planteaban los hombres y mujeres de la civilización griega y romana hace más de 2.000 años, y después otras muchas culturas a lo largo de los siglos).

No es materia de este blog ni de COCREANET la filosofía, pero este post tiene cierta pretensión de al menos alimentar un debate tan apasionante. Y es que en el sustrato de la pregunta de qué pasaría si las máquinas llegan a superarnos flota el afán humano por la competitividad y por ganar todas las batallas (por supuesto también otros sentimientos más inconfesables como el miedo, la inseguridad y la incertidumbre).

Se me ocurre que tal vez uno de los grandes frenos al progreso en la historia de la humanidad haya sido precisamente esa perspectiva estrecha: la de acercarnos a lo nuevo desde la desconfianza, con el objetivo de competir con ello para ganarlo. Pero este punto de vista encierra además otra limitación: la imposibilidad de coexistir y enriquecernos mutuamente. ¿Cuánto nos hemos perdido por eso? ¿Dónde estaríamos ahora si hubiéramos actuado de otro modo? Nunca lo sabremos pero lo que sí conocemos demasiado bien son las consecuencias de tan hostil forma de pensamiento: guerras, conquistas, aplastamiento del otro, persecuciones, genocidios, discriminación… Todos, absolutamente todos los períodos de la historia se han construido prácticamente sobre las cenizas de lo destruido, ya sean otros pueblos, otras culturas, otros espacios u otras civilizaciones.

De nuevo, en el apasionante momento que vivimos, a punto de alcanzar nuevos estadíos en el progreso humano gracias a los avances tecnológicos, nos paramos en el viejo dilema de siempre a preguntarnos cómo atacar y cómo defendernos de lo que pueda llegar a ser mejor que nosotros mismos. ¿Qué pasaría si las máquinas, con su artificial inteligencia, fueran mejores que sus creadores los humanos? El mismo Elon Musk decía hace tan solo unas semanas que había que regular la IA.

Entiendo que la advertencia del fundador de Tesla, entre otros inventos paradigmáticos, tiene muchas más aristas y no dejo de estar de acuerdo en que, efectivamente, como sociedad, deberíamos empezar a pensar desde ya en cómo hacemos para dotarnos de nuevas normas de convivencia para la era que sin duda nos tocará vivir: nuevas formas de relacionarnos con nosotros y con nuestro entorno, nuevo contrato social, nuevas formas de relación laboral, etc. Pero la interpretación de sus palabras en clave de defensa – ataque es casi unánime, busques donde busques.

Igual el gran cambio que tendríamos que empezar por experimentar (tal vez en el marco de la transformación digital tan traída y llevada), sería el  cambio  de pensamiento. Liberarnos de la estrechez de miras y buscar otras posibilidades más allá de la competición excluyente. Si las máquinas llegan a ser más inteligentes que nosotros ¿por qué no cooperar con ellas para encontrar las soluciones a los grandes problemas del mundo? (el hambre, la miseria, la injusticia, la intolerancia, la guerra, la destrucción del planeta, la desigualdad social…).

Tal vez el salto exponencial que como humanidad tenemos pendiente sea el de cambiar la perspectiva de la escasez por la de la abundancia (en palabras de Salim Ismail, autor del libro Organizaciones Exponenciales), entender de una vez por todas que no hace falta competir por un recurso (el conocimiento, la inteligencia) capaz de generarse, propagarse y multiplicarse a sí mismo (el único que crece cuanto más uso haces de él).

Anticipaba Peter Drucker la sociedad del conocimiento y era optimista por su poder transformador. Me uno a ese optimismo en el marco de los nuevos paradigmas por llegar. ¿De verdad los recursos eran escasos o sólo interesaban que estuvieran mal distribuidos – en manos de unos pocos – para así ser mantener el poder a costa de la propiedad? Si somos capaces de crear unas máquinas, con una inteligencia superior como para entender que es absurdo dominar el mundo a costa de aplastar al otro, que se gana más, mucho más, en la unión que en la merma, que colaborar es mejor estrategia que competir hostilmente… Si somos capaces de crear ese tipo de máquinas, yo quiero trabajar mano a mano con ellas.

 

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