Hacia un nuevo modelo productivo

La ciencia puede venir en nuestro auxilio para diseñar un nuevo modelo productivo que construya el paradigma para las empresas del siglo XXI.

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Banco de imágenes de Creative Commons, autor Lwp Kommunikáció

 

Cuando Taylor formuló, hace un siglo, los principios de la organización científica del trabajo nada de lo que hoy forma parte de la estructura productiva y el ecosistema empresarial existía. No parece demasiado razonable que 100 años después, la división técnica, funcional y social de aquella época siga pretendiendo administrar con éxito las empresas. Hay un viejo paradigma que se está descomponiendo y no parece que los gestores se estén dando cuenta:

 

  • Especialización. En la cadena de producción clásica, la eficiencia se logra minimizando el coste a través de un mayor nivel de especialización. La atomización en destrezas específicas de los profesionales empieza a resultar difícil de conseguir (sobre todo por la velocidad a la que evolucionan y generan conocimiento las diferentes disciplinas) pero, sobre todo, resulta ineficaz en un mundo donde la mayor productividad se logra mediante la explotación de las relaciones (conexiones entre disciplinas dispares, alianzas entre sectores diferentes, combinaciones de conocimientos pertenecientes a distintas culturas, etc.).
  • Concentración. El valor de la empresa, en el planteamiento clásico, lo confiere la cantidad de conocimiento concentrado que sea capaz de encerrar, el “core” del negocio. En un tiempo, el actual, en el que la innovación abierta y el intercambio de conocimiento generan ventajas competitivas apreciables, el valor no es el cuánto sino el cómo. Pretender encapsular el conocimiento es una tarea necia cuando las redes de comunicación y la globalización son la forma habitual de estar en el mundo.
  • Mecanización. Una tarea se convierte en mecánica, se automatiza, cuando reduce significativamente su campo de acción y el resultado es predecible y controlable. ¿Podemos pensar que en los entornos VUCA en los que vivimos esto es posible? No sólo eso, sino que los trabajadores del conocimiento resultan más valiosos cuanto mayor sea su capacidad de adaptación, de absorción de nuevas materias y de relación con otros conocimientos de los que disponían antes. Esto resulta incompatible con el automatismo. El automatismo es aplicable a procesos perfectamente sistematizados, pero esa es ya una fase superada.

La ciencia ha servido y sirve a las causas de una u otra forma. En los tiempos del fordismo, la ciencia sirvió para generar un modelo de producción centrado en los procesos y en la priorización de la inteligencia de las máquinas sobre la capacidad de decisión de los individuos. Al margen de la frustración que este tipo de tratamiento de los “recursos humanos” genera en las personas, se demuestra absurdo cuando son precisamente las personas las que, con sus decisiones, determinan el éxito de lo producido. Un planteamiento clásico da por hecho que las personas, en su rol de consumidores, necesitan adquirir los productos / servicios que las empresas producen: es el mercado el que empuja al consumo (estrategia pull). Pero en un mundo saturado de productos y servicios, con un consumidor ultra informado que cambia constantemente sus expectativas y necesidades, la estrategia no puede ser más fallida: acertar con lo que quiere el cliente se convierte en una cuestión de azar.

Hay empresas, como Toyota, que llevan años demostrando que una estrategia push (en la que es el consumidor quien empuja la producción) resulta mucho más eficaz para competir en este contexto de mercado. Lo que no puede explicarse es por qué el resto de organizaciones sigue intentando conquistar el corazón (y el bolsillo) de los clientes sin siquiera preguntarles qué necesitan y para qué.

Una vez más, la ciencia puede venir en nuestro auxilio para diseñar un nuevo modelo productivo que construya el paradigma sobre el que tendrán que desenvolverse las empresas y organizaciones del siglo XXI.

La administración, el management, tiene que volver el punto de mira hacia las personas, en  todos y cada uno de los contextos en los que se relaciona con ellas:

  • Hacia los clientes y consumidores: construyendo una oferta de productos y servicios que responda a sus necesidades y requerimientos. Escuchando primero para diseñar y crear sólo después de empatizar y entender. Una estrategia push en la que además sea el propio cliente el que participe por medio de la cocreación.
  • Hacia los trabajadores: extrayendo de ellos su máxima capacidad creativa, permitiendo que el valor se genere en el corazón mismo de su inteligencia humana. Una inteligencia múltiple (como teoriza Howard Gardner) que combina habilidades “hard” y “soft”. Nada más lejos del control férreo de las mentes y los cuerpos que preconizó el Taylorismo; frente a ellos, la iniciativa, el talento, la proactividad, la capacidad de adaptación a los cambios…
  • Hacia las comunidades: estableciendo una comunicación directa y bidireccional, escuchando y aprendiendo de ellas y con ellas. Los tiempos de la imposición han mutado en participación, la tecnología ha permitido que la voz que se escuche no sea sólo la de los que más recursos tienen (sean estos las empresas, las organizaciones políticas, o los gobiernos).
  • Hacia los stakeholders: generando una red de conexiones de carácter colaborativo. Los roles clásicos se difuminan y sitúan a los grupos de interés en órbitas que se mueven en paralelo y que van alternando su supuesta supremacía: hoy eres proveedor, mañana cliente y pasado partner de negocio, no hay grandes o pequeños porque el tamaño no se mide por los mismos criterios que antes. Estamos condenados a entendernos y colaborar porque no sabemos en qué momento va a producirse un cambio de tornas en el que a los que hoy dependen de nosotros, mañana los necesitemos.
  • Hacia la sociedad: formando parte de esa gran comunidad que busca el bien común, o jugamos todos o se rompe la baraja. Hay un planeta en crisis (escasez de recursos naturales, ecosistemas dañados, cambio climático…) sobre el que todos tenemos responsabilidad si queremos seguir sobreviviendo como especie. Pero hay también una conciencia humana que trasciende las ideologías clásicas y que ya no puede soportar sin estremecerse las derivas de un sistema injusto y dañino: pésima redistribución de la riqueza, desigualdad de oportunidades, inequidad de derechos civiles y humanos, fanatismos de cualquier clase… Las empresas no pueden permanecer al margen de todo esto como si no fuera con ellas porque no se lo van a perdonar los que tienen el poder de mantenerlas con vida (quienes les compran).

Detrás de la necesidad de un nuevo modelo productivo no se mueven solamente razones de tipo empresarial o económico, y quizá sea este el cambio de enfoque más importante que hay que entender, se mueven también razones sociales y sistémicas. Las disciplinas de la ciencia, esas que hemos construido los seres humanos superando dogmas y prejuicios, tienen ahora que colaborar juntas para ayudarnos a construir ese nuevo modelo productivo.

 

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