Financiación e innovación

Cualquier proyecto de innovación, por sí mismo, tiene un nivel de incertidumbre que hace complejo evaluar su necesidad de financiación, tanto en el momento de conceptualizarlo como en la puesta en marcha, y aún más, en el momento de poder realizar estimaciones a futuro.

Trabajando en proyectos de innovación con empresas de todo tipo y startups, el asunto de la financiación siempre sale a la luz de una u otra forma: bien porque es necesaria para la puesta en marcha de las nuevas ideas de negocio que surgen en un startup, bien por el coste aproximado de su puesta en marcha en caso de ser un proyecto interno en una empresa, bien por las estimaciones de valor cuando se trabaja con inversores que ponen sobre la mesa su dinero a cambio de un porcentaje del capital de ese negocio.

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Banco de imágenes de Creative Commons, autor Tax Credits

Por todo esto, si consideramos aquel refrán tan famoso de “El dinero es miedoso”, nos damos cuenta que en efecto es así cuando se trata de un negocio nuevo o no validado ya que cumple a rajatabla con la situación de incertidumbre. Considerando un proyecto de innovación cualquiera, siempre nos encontramos con un nivel máximo de incertidumbre, ya que no se conocen a priori valores o métricas que aporten un poco de claridad a la situación. Por este motivo, al hablar con emprendedores cuyo proyecto está todavía en estado idea siempre les aseguramos que, por muy buena que sea, su idea no vale absolutamente nada y no van a tener fácil conseguir financiación.

Si se considera el mercado (casi de cualquier tipo) un océano inexplorado, lleno de oportunidades pero también de peligros, para intentar validar si  el rumbo que se ha tomado es el correcto, es necesario buscar la relación con las métricas o indicadores de un proyecto de innovación. El resultado será el tan famoso concepto de certidumbre o validación de las hipótesis que confirma o no si vamos por buen camino para construir el nuevo negocio.

Al igual que la incertidumbre en los resultados es una obviedad en cualquier proyecto de innovación, las estimaciones del coste aproximado son también completamente aleatorias. Puesto que no se sabe a lo que se va a enfrentar el proyecto, resulta casi imposible cuantificar cuánto tiempo ni cuántos recursos serán necesarios para encontrar la solución. Incluso, en un paso más allá, ni siquiera se puede asegurar en un intervalo cerrado de tiempo si la búsqueda de esa solución que encaje tanto a nivel humano, como técnico y, mucho menos aún, económico, tendrá éxito.

Es por todo este contexto de absoluta incertidumbre  por lo que resulta tan complejo  explicar que no es posible a priori estimar un coste de tiempo y de recursos en un proyecto de innovación, sobre todo al hablar con responsables procedentes del mundo “ingenieril”. Este tipo de proyectos no son como los clásicos de software con lenguajes como Cobol o Fortran, en los que se podía prever una cuantificación, con poco margen de error, en número de líneas de código y de puntos función del algoritmo a desarrollar, ya que la definición del alcance estaba absolutamente cerrada y el mundo tan cambiante quedaba en la mente de algunos considerados “iluminados”.

Si a toda esta problemática le añadimos la necesidad de invertir dinero en etapas muy preliminares (sobre todo en startups), es fácil entender que buena parte de los proyectos de este tipo sean un auténtico fracaso algún tiempo después de haber realizado la inversión. Falta de foco en el mercado, problemas financieros, de comercialización o desarrollo de producto o servicio erróneo, por no hablar de mala gestión del proyecto, suelen ser las principales causas, no por ello únicas, capaces de hacer fracasar este tipo de inversiones.

Por este motivo, hablar de innovación y financiación es mezclar riesgo en su máxima expresión en el contexto de los negocios. Quizá por ello, si tienes dinero y no te gusta vivir en la cuerda floja, la innovación tal vez no sea tu sitio.

 

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