Innovar es un estado, y no tanto una actividad

Innovar tiene mucho más que ver con las actitud de las personas que con rimbombantes titulares. Innovar es estar y ser mucho más que hacer.

Hace algunos años, cuando ni siquiera conocía todas las dimensiones del concepto, fui responsable de innovación de una organización pública de tamaño medio. Me preocupaba mucho haber entendido lo que tenía que hacer y lo que se esperaba de mí. Los primeros tiempos no fue difícil porque la empresa en cuestión estaba tan atrasada (ni siquiera todos los trabajadores disponían de ordenador) que cualquier decisión, por pequeña que fuese, se consideraba un elemento de ruptura con el pasado. Mis dudas llegaron al alcanzar un cierto grado de avance en la organización, un progreso que se había limitado casi exclusivamente a lo tecnológico.

innovar actitud

Banco de imágenes de Creative Commons, autor Dafne Cholet

Mi intuición me decía que la innovación tenía que ser necesariamente algo más que todo aquello, y el conocimiento que iba adquiriendo me demostraba que, en esencia, la organización no había sufrido un cambio tan brusco. En algún momento recuerdo haberme referido a la trayectoria de aquellos años como la informatización del caos.

Desde la distancia que impone el tiempo y la perspectiva de ser un poco más benevolente conmigo misma, he revisado en los últimos meses lo que ocurrió entonces y me he dado  cuenta de una serie de cosas que intento ahora trasladar a este blog:

  • La primera reflexión es muy personal, sentía entonces que no era una experta en innovación y eso me angustió muchísimo. Pues bien, unos cuantos años después, años que he dedicado en buena parte a estudiar innovación, sigo sin ser una experta. Pero ya no me preocupa porque he llegado a la conclusión que no se puede ser un experto en algo que cambia cada día. Me importa la actitud, ese hambre de conocimientos que es insaciable y que me obliga a devorar y absorber todo lo que tengo a mi alrededor, buscando la manera de aplicarlo a las empresas con las que trabajo. Y no aplicarlo porque sí, sino con el objetivo de ayudarles a hacer mejor las cosas, a crecer, a sobrevivir en entornos hostiles, a desarrollarse.
  • La innovación no consiste en acciones aisladas sino en una búsqueda continua de la excelencia. Antes que nada están las personas, ellas son innovadoras y ellas son las que imprimen ese espíritu a las organizaciones para las que trabajan. Cuestionar permanentemente el statu quo, revisitar los procedimientos una y otra vez, estar alerta para detectar ineficiencias y corregirlas, probar a hacer las cosas de manera diferente en un afán de progreso, etc. Son actitudes. Cuando desde el lugar donde se toman las decisiones se alimentan estas actitudes, entonces la innovación se convierte en una estrategia corporativa y eso es mucho más que la suma de acciones aisladas.
  • La innovación no tiene nada que ver con la tecnología. Me frustraba entonces la posibilidad de estar informatizando el caos y me sigue frustrando en la actualidad. Cuando un cliente nos busca, una primera labor pedagógica es explicarle que la informática no resuelve por sí sola los problemas, que realizar una inversión descomunal en tecnología no es la solución a la transformación digital aunque puede parecer un contrasentido. No nos cansaremos de repetir que la tecnología sólo es un medio.
  • La innovación es un hecho percibido por los afectados y no un eslogan. Al repasar las cosas que hicimos entonces he comprendido cuánto cambiaron en aquellos años, y no quiero pecar de falsa modestia pero lo cierto es que he tenido que salir de allí para darme cuenta. A todos los que se vieron afectados por los cambios: trabajadores, clientes, proveedores… probablemente no les preocupa la etiqueta de la innovación, que no es más que eso, una etiqueta. Con mayor o menor capacidad de recuerdo según de quién se trate, lo que importa es que algo que antes era de una manera ahora es de otra y que una mayoría se haya beneficiado con ello. La innovación no tiene sentido como reclamo sino es porque busca mejorar la vida de la gente.
  • El principal enemigo de la innovación es el miedo al cambio. No me voy a extender sobre esta reflexión porque son muchos los autores y con mucho mayor conocimiento que yo sobre el particular los que han hablado de ello. En mi experiencia personal puedo decir que el “no” por delante fue lo que me encontré en un porcentaje muy alto de las ocasiones y que tuve que vencer esa resistencia para lograr que se aceptaran los cambios. Eso me llevó no poco esfuerzo y sí mucha frustración pero he comprendido que el miedo nace en el mismo lugar que nuestra esencia humana y más vale contar con ello desde el principio para ir gestionándolo de la mejor forma posible.
  • La innovación no es para siempre. Y esta es quizás la reflexión que más me entristece porque eso significa que en alguna medida fracasé. No sé si es la inercia, la resistencia latente al cambio, la nostalgia de un tiempo pasado que siempre fue mejor para algunos… pero lo cierto es que hay cambios que revierten y se produce un cierto retroceso que si bien no invalida el resultado en su conjunto, sí deja el campo abierto a la duda. No hay que bajar la guardia ni siquiera cuando parece que ya todo está conseguido.
  • La innovación disruptiva vende más pero no necesariamente es la más adecuada. A los entusiastas nos fastidia un poco reconocer esta conclusión pero mi experiencia es tajante al respecto: si bien la innovación disruptiva es la que mueve el mundo la mayoría de las veces, y la que más “mola”, la que produce efectos más visibles y probablemente a la larga sea la que genera mayores cuotas de progreso, ni es la única ni necesariamente es la más adecuada en según qué circunstancias. A veces pequeños cambios que no parece sean tan rompedores – e infinitamente más sencillos de implantar – resultan igual de beneficiosos. No todos los cambios están destinados a marcar un hito que se recuerde ni todas las personas estamos llamadas a trascender para la posteridad, y eso no significa que no sea importante llevarlos a cabo.
  • Y como consecuencia de lo anterior, creo que hay un tipo de innovación “callada” que a la larga puede resultar mucho más disruptiva. Esos pequeños cambios modestos de los que hablaba en el párrafo anterior puede que sean el abono necesario para otras innovaciones “estrella” que estén por venir. Creo que no es sencillo levantarse una mañana y decir “hoy voy a implantar una innovación rompedora”, la mayoría de las veces tienes que avanzar en pasos más pequeños, más fáciles de asimilar, menos costosos también, a eso lo llamo “innovación callada”. “Callada” porque no hace ruido, no regala titulares y probablemente ningún directivo considere mencionarla en el discurso de Navidad, pero cuando miras hacia atrás y lo ves en perspectiva te das cuenta que fueron esos pequeños cambios los que lograron a la larga las innovaciones más disruptivas, las que posiblemente han resistido mejor el paso del tiempo porque se cocieron a fuego lento.

 

Como conclusión final, me he dado cuenta que la innovación es un estado cuyo origen son las actitudes de las personas que lideran las organizaciones. Hablar de organizaciones innovadoras es un poco una entelequia porque las empresas no son entes con vida propia que puedan tomar decisiones, son las personas las que provocan la innovación. Innovar es, si se quiere, una actitud vital.

 

También te puede interesar…

Estrategia, innovación y propósito Innovación más que palabras El dilema de la innovación

 

2 comentarios sobre “Innovar es un estado, y no tanto una actividad

  1. Coincido plenamente. No todos los adultos laboralmente activos, asumen esta actitud ni se encuentran en ése “estado”. Muchas veces nos encontramos con el entusiasmo inicial pero luego se apaga, cuando se cae en la cuenta que la innovación solicitada demanda de mí que cambie.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *