Que nada te aparte de tu objetivo (salvo tus clientes)

Dar prioridad a la búsqueda de la inversión sobre la búsqueda de clientes es un error que no se justifica ni siquiera por una altísima escalabilidad del negocio, porque es una cuestión de filosofía y no de números.

Tuvimos ocasión hace unos días de entrevistarnos con un equipo de emprendedores que buscaba financiación para su proyecto. Hasta aquí ninguna novedad. La diferencia la hizo que fueron capaces de mantener su propósito como empresa incluso por encima de las más altas tentaciones (financieras).

Inversión emprendedor

Banco de imágenes de Creative Commons, autor Basilievich

Y es que resulta demasiado fácil dejarse llevar por los cantos de sirena del dinero “fácil” (discrepo profundamente de esta afirmación porque nadie da nada gratis y en este mundo de la inversión tampoco). De repente, los equipos, formados muchas veces por gente joven con ganas de comerse el mundo, se olvidan de aquello que fue el porqué se lanzaron un día a poner en marcha su idea de negocio y se arrojan en manos de avezadas personas que les prometen cubrir sus necesidades en el corto y medio plazo.

Es curioso porque lo que podría ser un elemento de tranquilidad (saber que a partir de ahora te puedes centrar en lo que sabes hacer bien porque tienes las lentejas aseguradas), se convierte en el peor de los enemigos, un caramelo envenenado. Toda la filosofía bootstrapping que cimentó sus primeros tiempos, se olvida en cuestión de pocas semanas. Después, ya lo hemos comentado en otros post, llega lo de siempre: alquilar una nueva oficina, varias plazas de garaje, contratar personal de soporte, etc.

Lo peor de todo es que se olvidan de lo que nunca jamás deberían: de sus clientes. Lo repetimos hasta la saciedad: ningún inversor puede sustituir al cliente, los mejores inversores son tus clientes, quien te paga las lentejas (y la oficina con terraza, la plaza de parking, y hasta la mesa de ping pong) es el cliente.

En el encuentro del otro día, el equipo tenía claro para qué quería  la inversión (necesitaba adquirir una infraestructura acorde a las necesidades operativas de sus planes de expansión), pero sobre todo hablaba de clientes (nuestros clientes necesitan, tenemos clientes que no podemos atender bien…). Por supuesto, habían validado su idea y vendían, ya lo creo que vendían, pero tenían ambición y sabían que podían vender mucho más si alguien les ayudaba a comprar esa maquinaria (obviamente, no se trataba de un negocio escalable tal como se entiende en el mundillo emprendedor de ahora).

Pero, por encima de todo, se negaban a perder el control de su compañía y esa era una línea roja por la que no iban a ceder ante ningún inversor. Hubo una frase que explicó esta defensa numantina: “si tengo que perder el control de mi empresa, no quiero la inversión, ya nos las apañaremos de otro modo”. No aplaudí porque hubiera estado feo pero esa es la actitud que me emociona, la que me permite distinguir a los buenos emprendedores.

Después, ya sé yo, pueden pasar muchas cosas, y posiblemente las posturas más rígidas terminen por flexibilizarse (aunque dudo mucho que lleguen a renunciar a su porcentaje mayoritario) pero los mimbres son bien sólidos.

Es demasiado fácil que te saquen de tu objetivo, a tu alrededor, como emprendedor, ocurren mil cosas que te pueden despistar y el glamour no juega a tu favor, qué duda cabe. Pero no permitas que ocurra, resiste porque al final de la travesía tus clientes te están esperando y esos son los que te asegurarán el futuro. Si dudas, pide a tu equipo que te ate con cuerdas y te ponga tapones en los oídos, y ¡a surcar los mares, Ulises! que emprender no es fácil, ni rápido, ni un camino de rosas y eventos. Pero cuando hay clientes, hay agua.

 

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