Vive de tus recursos hasta que puedas vivir de tus clientes

Al calor del boom y el glamour del emprendimiento, surgen ciertos modelos que se alejan de las buenas prácticas empresariales para parecerse más a lo que podríamos llamar “la cultura del pelotazo”.

Los que vivimos de cerca el ecosistema emprendedor en España, tenemos más de un ejemplo y más de dos. Se repiten más o menos los mismos patrones: un grupo de emprendedores que está lanzando su startup – normalmente del entorno tecnológico -, han pasado por uno o varios programas de aceleración, incluso han ganado algún premio, manejan a la perfección el vocabulario y la puesta en escena (el pitch, la presentación a inversores, las entrevistas y participación en foros, mesas redondas…) y lo más destacado: transitan de ronda en ronda de financiación.

inversores emprendedores

Banco de imágenes de Creative Commons, autor Pictures of Money

Hasta aquí nada que objetar. Cuando tienes una buena idea de negocio y has sido capaz de encontrar el encaje problema – solución y también has validado ya tu encaje producto – mercado, no te queda más que acelerar a tope para saltar el abismo y lograr un buen posicionamiento que te haga fuerte frente a los futuros competidores, que llegarán.

En los productos altamente escalables que persiguen los negocios digitales, sobre todo, la aceleración necesaria para afianzarse en el mercado viene de la mano de una inyección extraordinaria de recursos, algo que el crecimiento orgánico, mucho más pausado, no podría lograr. La financiación externa, las ampliaciones de capital, etc. tienen aquí todo su sentido.

El problema, a nuestro entender, asoma cuando el momento vital de la startup no justifica todo ese despliegue de medios. El panorama es más o menos así: una startup que apenas factura unos cuantos miles de euros, con un equipo detrás formado por 15 o 20 personas (a veces más) – contratados la mayor parte de ellos -, en una súper oficina de bastante metros cuadrados, en una buena zona (y cara, suele ir parejo) y a todo lujo de detalles (parking, fiestas, gastos de representación, coche de empresa, etc.). Te preguntas entonces ¿quién paga todo esto? Porque desde luego con los ingresos de las ventas resultaría imposible.

A riesgo de parecer un poco “carcas” (por aquello de creer en viejos paradigmas, en este caso), hay que decir que no es lo mismo crear empresa que “forrarse” y esto es algo que conviene analizar cuando se quiere conocer de cerca un emprendimiento. Hay emprendedores que, al calor de la moda del emprendimiento, proyectan inflar su startup (a fuerza de glamour) para poderla vender después por unos cuantos millones de euros. No entramos a valorar el objetivo desde el punto de vista ético, es simplemente cuestión de saber si quieres o no participar de dicho objetivo.

Porque de la misma forma que hay muchas maneras de emprender y distintos tipos de emprendedores, hay diferentes clases de inversores. Y cuando se está en el papel de asesorar a un inversor conviene también conocer qué es exactamente lo que espera de su inversión (la rentabilidad se da por supuesta, faltaría más).

La gran burbuja (aunque somos conscientes de la polémica que puede conllevar el uso de este término) está formada por unas valoraciones de estas startups, ante la coyuntura de la ronda de financiación, que no se pueden sostener en la propia dinámica del negocio – no, al menos, en la forma, el estado y el momento en que se presentan – sino en una promesa de futuro (igual da que la llamemos “masa crítica”, número de usuario registrados, capacidad de llegada, etc.). La oportunidad de la inversión siempre se mide en riesgo pero el riesgo también tiene que ver con cuánta fé ponen los inversores en las promesas de futuro que les cuentan los emprendedores.

Y por supuesto que todos podríamos mencionar algunos de los llamados “unicornios” pero, seamos francos, ¿qué probabilidad existe de que tengas en tus manos – ya seas emprendedor o inversor – el siguiente unicornio? Creemos que muy pocas.

Mientras tanto, la súper oficina molona con sala de juegos incluida, los desayunos vigorizantes, y por supuesto los salarios (incluidos los de los socios fundadores, sobre todo estos), los pagan los inversores con sus rondas de financiación.

La vieja escuela empresarial nos venía a decir algo así como “vive de tus recursos hasta que puedas vivir de tus clientes”. Como todo, hay casos y casos y las generalizaciones son siempre injustas per se, pero, ¡cuánto mejor les iría a muchos emprendedores y a algún que otro inversor si simplemente lo recordarán de vez en cuando!

Posdata.- Sentimos aguarle la fiesta a algunos.

 

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