Management aplicado a los negocios “normales” (I)

Aprendemos como aplicar las herramientas y técnicas de la ciencia del management a negocios que se salen del estereotipo de emprendimiento de moda.

Ser emprendedor está de moda; pero ni todos los emprendedores son Millennial, ni sus negocios Startups tecnológicas, ni siquiera entran muchos en la categoría de “invertibles”, lo cual no quiere decir que no sean buenos negocios. En efecto, unos de la mano de las circunstancias (pérdida de puesto de trabajo, dificultad para volver al mercado laboral después de un parón…)  y otros por voluntad, hay muchos autónomos y pequeños empresarios que no se sienten identificados con el estereotipo de moda, pero eso no les hace menos emprendedores. Son gente normal y corriente que han optado por hacer del trabajo por cuenta propia un modo de vida. Todo lo anterior no es óbice para poder aplicar la ciencia del management.

1_Aplicando management a los negocios normales

Banco de imágenes de Creative Commons, autor Edson Chilundo

Ya hemos dedicado en este blog algunas entradas a hablar de las mil y una caras que tiene el trabajo por cuenta propia, desde los “freelance” hasta las pymes pasando por los autónomos con personal a cargo y las microempresas. Más allá del formato jurídico elegido, nos atrevemos ahora a identificar (en una serie de post del que este resulta la primera entrega) cómo son esos emprendedores y pequeños empresarios “normales”, sobre todo en contraposición a la “moda emprendimiento”. La idea es arrojar un poco de luz y de paso echar una mano en eso que nos es también tan propio: el espíritu de colaboración. En el ecosistema del emprendimiento de moda, han crecido conceptos, técnicas y herramientas (tanto de la ciencia del management clásico como nuevos enfoques) que nos hemos empeñado en adaptar a los negocios “normales”, aprovechando su probada eficacia.

Pero antes de entrar en materia, intentamos primero caracterizar lo que llamamos “emprendimiento de moda”. Y, para ello, le damos la vuelta al enfoque y nos atrevemos a decir que sólo están “a la moda” los negocios atractivos a ojos de los inversores, esto es: aquellos que presagian una altísima rentabilidad en un corto espacio de tiempo. Es curioso que algo que resulta tan evidente (y muy razonable, por otra parte), pueda quedar oculto por capas y capas de glamour hasta el punto de que hay emprendedores que sueñan con que un inversor llame a su puerta aun sin necesitarlo, sólo por el hecho de que se han fijado en él/ella.

Un inversor es una fuente de financiación, una inversión es un medio, nunca un fin en sí misma. Las empresas que recurren a alternativas a los instrumentos clásicos bancarios (préstamos y créditos, entre otros), lo hacen porque sus circunstancias resultan excepcionales y entienden que es mejor acceder a esos otros medios para financiarse: por ejemplo, para inyectar capital ante una previsión extraordinaria de crecimiento; o, como en el caso de las Startups, porque se desenvuelven en un entorno de tanta incertidumbre que escapan a los intereses de las entidades bancarias (que exigen cierto grado de seguridad para acceder a prestar el dinero). Ningún inversor (distinto a la familia del emprendedor – “friends & family & fools” -, se entiende) arriesgaría su dinero si no es porque espera obtener una rentabilidad (que multiplique su inversión por un “n” que puede ir desde el 20-25% hasta cerca del 80% según la fase en la que se encuentre el proyecto – estimación del riesgo -).

Por tanto, el emprendimiento “de moda” está casi exclusivamente ceñido a negocios con una potencialidad muy alta de rentabilidad en el menor espacio de tiempo posible. ¿Cuáles son esos? Pues aunque no queremos caer en el estereotipado una vez más, lo cierto es que suelen responder a un contexto altamente tecnológico (la innovación tecnológica requiere de una alta inversión inicial pero sus costes disminuyen muy rápidamente a medida que aumenta su uso, es decir, son muy escalables).

Ahora bien, que un negocio no sea invertible no quiere decir que no sea viable, o que no sea un buen negocio. De hecho, hay miles de negocios buenos que nunca captarían la atención de un inversor y que, sin embargo, han permitido vivir a una o varias familias a lo largo de muchos años.

El momento “startup” (valiéndonos de la definición de Steve Blank) de una empresa es aquel en el que el emprendedor aun no ha dado nada por sentado, está explorando su modelo de negocio y aprendiendo lo que funciona y lo que no en su mercado. El veredicto sobre su viabilidad, desde el punto de vista del management clásico, tiene que ver con el dinero que se requiere para ponerlo en marcha versus el margen de beneficios cuando esté en explotación. Esas cifras, que determinarán la rentabilidad, se miran con los ojos de la expectativa, ni más ni menos. Si se espera una rentabilidad alta, digamos del 40% o 50%, por ejemplo, cualquier número por debajo de eso se considerará inválido. Por el contrario, si se espera una rentabilidad del 15% o 20% – que no está nada mal -, cualquier número por encima será un resultado extraordinario. Es decir, que nada es verdad ni mentira sino que depende de los ojos de quién mira (parafraseando a Campoamor).

Es evidente, que un emprendedor que monta su negocio con la intención de “forrarse” (y conste que no estamos otorgando juicio: cada uno hace con su vida lo que quiere, faltaría más), tendrá una expectativa de rentabilidad muy alta, coincidente posiblemente con la del inversor que se juega su dinero en ese proyecto. Pero sabemos que la mayoría de emprendedores y pequeños empresarios de este país lo que buscan es ganarse la vida (¡qué castellano ese dicho de que nadie se hace rico trabajando!), por tanto su expectativa será seguramente mucho más modesta.

En la ecuación hay otro factor: el riesgo. ¿Qué mayor riesgo que el de una empresa que está dando sus primeros pasos?  Naturalmente, cuanto mayor sea el riesgo percibido, mayor la rentabilidad esperada: viene a ser algo así como “ya que me voy a jugar mi dinero en tu proyecto, y esto es muy incierto, al menos que si sale bien, gane lo suficiente como para compensar el riesgo que he corrido”. De ahí que la rentabilidad exigida en proyectos que ya están funcionando sea menor que la que se exige en otros que aún están en fase de idea, y aquí también las diferencias entre unos y otros tipos de inversores (business angel, venture capital, capital riesgo…).

En definitiva, la idea de someter un negocio a una fuente de financiación alternativa tiene que justificarse porque sea realmente una solución sobre todo para el crecimiento y consolidación; ni qué decir tiene que si un emprendedor o un empresario tiene la inmensa fortuna de poderse autofinanciar a través de su propio negocio, esta es siempre la mejor de las soluciones (como bien conocemos de la ciencia del management). Esta es la estrategia de INDITEX, sin ir más lejos, o de MERCADONA: son capaces de financiar su crecimiento a través de las propias operaciones del negocio. Si ese fuese el caso, no hace falta buscar inversores.

Tampoco hace falta buscar inversores si se trata de un pequeño negocio que puede financiarse con instrumentos bancarios clásicos (un préstamo, una línea de crédito, etc.). La mayoría de negocios de este país utiliza estos instrumentos bancarios clásicos. Son buenos negocios, viables y rentables, pero no “invertibles” a ojos de un inversor.

Por tanto, si no eres un “emprendedor de moda”, tranquilo, casi te diríamos que mejor para ti.  En el siguiente post de esta serie dedicada a cómo aplicar el management a los negocios normales te contaremos cómo puedes ayudar a tu economía cuando no eres invertible.

 

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