Superar el miedo a la innovación

Cada proyecto nuevo que abordamos, con cada cliente nuevo que trabajamos, es en sí mismo un reto de innovación.

La historia comienza más o menos así: un cliente – nuevo o no – que te plantea un reto – siempre nuevo porque cada reto es diferente -. Mientras terminas de concretar con él los detalles del cómo, cuándo, dónde… tu cabeza ya se ha puesto a 1.000 por hora: ¿cómo co… vamos a hacer esto? Por muchas veces que te hayas enfrentado a la situación, es imposible evitar que un ejército de mariposas te invada el estómago: la siempre incómoda sensación de enfrentarte a la incertidumbre.

miedo innovación

Banco de imágenes de Creative Commons, autor Kristy Hom

Trabajar en innovación es vivir subido a una montaña rusa de emociones y lidiar cada día con un sinfín de contradicciones. Y, a pesar de todo, aquí estamos, no lo cambiaríamos por nada.

El siguiente paso a esos primeros minutos en los que el reto del cliente ya ha pasado a formar parte de tu vida, solemos actuar de una forma muy primaria: apagar los ordenadores y marcharnos a dar un largo paseo a la calle. Andar es la mejor forma que conozco para hacer fluir las ideas y alcanzar cierta paz interior. Caminamos sin rumbo fijo, a veces pasando varias veces por los mismos sitios, otras alejándonos sin acordarnos que después hay que volver.

Los primeros metros son de caos total: hablamos atropelladamente, quitándonos la palabra, parando a anotar en la libreta del móvil cualquier idea que pensamos que puede servirnos después, sin orden y sin concierto. Una imagen mil veces revisitada se instala en mi mente: la del garabato de diseño, estoy en esa maraña de la que no consigo ver más allá de los pocos pasos que tengo por delante. Después, poco a poco, la tranquilidad empieza a ser más patente, las ideas cobran vida propia para ordenarse de una forma sosegada y casi diría que evidente. Volvemos con una propuesta más o menos clara de cómo abordar el reto y por dónde empezar. Esto puede no parecer demasiado pero, en un contexto de alta incertidumbre, es prácticamente todo lo que necesitamos para dar una primera respuesta fiable.

Así es un proceso de innovación. Es algo doloroso. Incierto por propia definición. Cuando me preguntan si soy una experta en innovación contesto sonriendo: ¿cómo se puede ser experto en algo que cambia cada día? Cada reto, cada proyecto, es único y, parafraseando a Heráclito, no te puedes sumergir dos veces en las mismas aguas. No es posible, bajo nuestro punto de vista, articular un procedimiento con el que sentir el calor de la seguridad, si acaso sólo podemos sistematizar nuestros largos paseos y, cómo no, aferrarnos a nuestra convicción de que el enfoque de la innovación centrada en personas, del pensamiento de diseño, de las metodologías ágiles y adaptativas, es el más adecuado para resolver problemas complejos. Confiar en el método.

Pero toda la vida nos han educado para hacer las cosas de otra manera y ahí es donde entramos en el terreno de las contradicciones, otra de las servidumbres de nuestro oficio. Se premia al que acierta antes con la solución, al que parece tener todas las respuestas. Las personas nos aferramos a la rutina para salvar el vértigo de la incertidumbre. Desaprensivos echadores de cartas y lectores de futuro que se forran con la posibilidad de dominar lo que no está escrito en ninguna parte. Buscamos incansablemente una mano experta que nos conduzca a lugar seguro. Todo esto no es posible cuando hablamos de innovación.

Porque hablar de innovación es hablar de probar, de ensayar y de errar. Es hablar de caerte y volverte a levantar mil veces aprendiendo en cada ciclo algo más. Es olvidar lo que sabes para abordar cada reto de una manera diferente que acaso conduzca a ideas más creativas. Es el terreno de lo incierto. Es abandonar la confianza en la información y el conocimiento experto (el saber) para abrazar la confianza en el hacer. Creamos porque hacemos y pensamos sobre lo creado y no al revés.

Y aprendemos, ya lo creo que aprendemos. A todos nuestros clientes gracias por darnos la oportunidad y por confiar. Innovar no es una garantía de éxito, pero no innovar es morir un poco cada día. Si la especie humana no llevara la innovación en su ADN, posiblemente hace milenios que nos habríamos extinguido. Hay empresas que piensan que pueden vivir sin innovar, sin darse cuenta que otros lo harán por ellas y, para cuando quieran darse cuenta, ya será demasiado tarde.

 

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