Reflexión personal sobre la intuición

La intuición nace del hemisferio derecho, es creatividad en estado puro. Por eso crecemos despreciándola sistemáticamente.

Desde pequeños nos enseñan a utilizar el hemisferio izquierdo, nuestro pensamiento racional. Y, además, nos inducen a una dualidad: el pensamiento racional está reñido con el pensamiento creativo. De tal suerte que todo lo que proviene del lado racional es válido y, sin embargo, lo que proviene del lado “irracional” no lo es. La misma semántica de la palabra “irracional” tiene una connotación eminentemente negativa.

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Banco de imágenes de Creative Commons, autor Francisco Go

La intuición nace del hemisferio derecho, es creatividad en estado puro. Por eso crecemos despreciándola sistemáticamente. Pero la intuición, a pesar nuestro, se va abriendo camino con los años y “aparece” en momentos lúcidos guiando a veces los pasos por derroteros que no habíamos previsto con nuestra racionalidad. Incapaces de explicar qué ha ocurrido entonces nos sentimos desorientados, confundidos.

Algún tiempo después asumimos que, por mucho que hemos trabajado para “acallarla”, ella sigue estando ahí. Dejándose ver de cuando en cuando. Acatamos estas “apariciones” como sucesos incontrolables que casi nos dejan un “mal sabor de boca”, como un secreto inconfesable. En ocasiones, hacemos un esfuerzo consciente por tomar decisiones en contra suya, para luego comprobar cuánta razón llevaba. Este el siguiente paso, el de comprender sin entender que esos “fogonazos” de intuición son dignos de tener en cuenta.

A partir de este momento, ya estamos en disposición de empezar a convivir con ella. Se convierte en una “vecina” amable a la que no podemos ir a buscar pero que sabemos que quizá, en el lugar y el tiempo más oportunos, aparecerá para resolver nuestras necesidades.

Me pregunto si el siguiente escalón no será el de hacerla presente de forma consciente, deliberada. Convencidos ya de su valía, poder recurrir a ella de manera proactiva.

He tenido que vivir más de 40 años y estudiar el 90% de ellos para que me digan los libros lo que yo ya “intuía”: que mi intuición no sólo es válida y fiable, sino que es tan real como mi cultivado pensamiento racional. Estos libros de estrategia, de gestión, de management como dicen los anglosajones, de los que he bebido y sigo bebiendo han terminado por darle un papel a mi maltrecha intuición, esa que tantas veces me sacó de apuros y a la que tan poco consideré.

Algún tiempo después de empezar a dedicarme  profesionalmente a la gestión, experimenté muchos momentos en los que la intuición ha suplido cualquier forma de razonamiento. Al principio la desoía pero enseguida me di cuenta que sabía cosas que yo no y que, por tanto, bien valía la pena al menos escucharla. Le puse un nombre: “olfato” y hasta tenía compañeros que le dieron un título mucho más tangible: “oficio”. Convivimos desde hace ya varios años y se revela como la más potente de mis vecinas.

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