Ser coworker, una filosofía de vida

El coworking es una forma de estar en el mundo, una filosofía de vida.

El mundo profesional, en España y en otros países, se está llenando de gente que hasta ayer trabajaba para terceros pero que, por unos motivos u otros, hoy se está desempeñando, por su cuenta, como emprendedores, freelance, empresarios o trabajadores autónomos. Aunque dibujar un perfil general es prácticamente imposible – profesiones distintas, negocios diferentes, situaciones personales diversas… -, sí que existen ciertas características que compartimos muchos, sobre todo aquellos que trabajamos en eso de la economía del conocimiento.

ser coworker una filosofia de vida

Banco de imágenes de Creative Commons, autor Alan Levine

Precisamente esa es la clave con la que me gustaría trasmitir este artículo: COMPARTIR.

Muchos de nosotros ya no somos tan jóvenes. La mayoría llevamos a cuestas una experiencia larga trabajando en empresas más o menos grandes. Tuvimos compañeros de trabajo, jefes y colaboradores. Disfrutamos de las charlas de café y de las comidas de los jueves; sufrimos cuando nos decíamos adiós; compartimos confidencias y cotilleos; nos quejamos de los autoritarios, los trepas y los insolidarios; invitamos y nos invitaron a bodas y a cumpleaños; acompañamos en funerales y en despidos; brindamos en ascensos y en promociones… En definitiva: compartimos un espacio y un tiempo con gente que íbamos encontrando en nuestro entorno laboral y que, a veces, se quedaron en nuestra vida para siempre como amigos.

Salir de ese entorno laboral normalizado hacia un trabajo por cuenta propia es una carrera de fondo que, aunque bajo mi punto de vista tiene más luces que sombras, deja en el camino algunas cosas que valorábamos. Son aquellas pequeñas cosas – como diría Serrat – que nos alegraban el día a día y que nos hacían más llevaderas las largas jornadas laborales. Y de todas ellas, quizás de las que más se echan de menos es la relación con nuestros compañeros y compañeras de trabajo.

Pero no se queda ahí la cosa. Las relaciones interpersonales, en los entornos profesionales, son un motivador claro al desempeño propio. Son fuente de información y de transmisión del conocimiento. Inspiradoras y creadoras de riqueza. Siempre que he tenido ocasión, he alentado la formación de equipos de trabajo, reafirmando una vez más que la inteligencia colectiva es mucho más que la suma de las partes. Por no decir la capacidad de cambio y de progreso – social, laboral, personal… – que adquiere la unión frente a la individualidad.

El riesgo de la atomización de los nuevos entornos laborales – convertidos en unipersonales o poco más de 3 ó 4 personas – es precisamente el del aislamiento. Un aislamiento que, cuanto menos, limita las posibilidades de todos esos trabajadores autónomos y microempresarios: reduce la red de apoyo personal y profesional; dificulta el acceso a clientes, proveedores y colaboradores; no ayuda a generar alianzas y a descubrir nuevas oportunidades de negocio; etc.

El mundo virtual (Internet, las redes sociales…) no puede suplir todas esas carencias. Tampoco los encuentros puntuales programados (eventos de networking, salones y ferias profesionales, congresos sectoriales…) pueden sustituir a los espacios compartidos de manera frecuente. Es en este contexto en el que cobra sentido el coworking.

Un centro de coworking es un espacio físico que comparten diferentes profesionales pertenecientes a distintas empresas. Pero un centro de coworking es mucho más que compartir alquiler, gastos y máquina de café: es pertenecer a una comunidad de gente con inquietudes y problemas parecidos, es disponer de un lugar de trabajo que personalizar y representa, definitivamente, contar con un recurso muy valioso para el desempeño de tu negocio.

Un espacio de coworking bien gestionado no sólo te va a facilitar una mesa para trabajar con silla ergonómica y WIFI, sino que va a fomentar el establecimiento y desarrollo de las relaciones interpersonales, va a potenciar el crecimiento de los negocios basándose en la generación de sinergias y oportunidades, va a alentar al enriquecimiento personal y profesional a través de la formación y el conocimiento compartidos,  va a facilitar la creación de redes profesionales de tipo colaborativo, etc. Esto es, un networking permanente.

Todo este análisis está obviamente planteado desde el punto de vista del coworker, que es el rol en el que personalmente me sitúo, pero si cambiamos la perspectiva podemos encontrar igualmente beneficios: para el gestor del espacio representa sin duda un proyecto atractivo y un reto profesional cuyas posibilidades no han hecho más que empezar; para el dueño del local, una fuente de ingresos distinta a la del alquiler tradicional (sería motivo, no de uno, sino de varios post por todas sus implicaciones, hablar de la gestión económica y financiera de un espacio de coworking); para las instituciones públicas, un foco de talento e innovación; y para el entorno social y urbano, un atractivo con el que identificarse.

Volviendo al enfoque del coworker, no es obligatorio que todos los profesionales susceptibles de ello adopten esta modalidad de trabajo, ¡faltaría más!, aunque crea que son muchas más sus ventajas. Para empezar, ser coworker no es sólo tener la voluntad de alquilar un espacio en un coworking; más bien, lo veo como una forma de estar trabajando (así, en gerundio). El coworker es alguien plenamente convencido de que la colaboración entre semejantes aporta y enriquece, es alguien con la suficiente vocación de servicio como para estar dispuesto a ayudar – no es perder, es ganar -, es alguien que sabe que gana y crece cuando comparte su experiencia y conocimientos con otros, es alguien que piensa que una comunidad la forman personas y que, por encima de todo, son los valores humanos los que rigen esa convivencia. En definitiva, una forma de estar en el mundo, una filosofía de vida.

 

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