¿Y si te digo que no quiero el trabajo?

No me interesa el puesto de trabajo que me ofrecen;si acaso, podemos alcanzar algún acuerdo de colaboración para que mi empresa les asesore en esta materia.

Es un poco atrevido este post y entenderé que alguno o alguna se pueda hasta enfadar, es lógico. Llevamos más de 6 años perdiendo a chorros puestos de trabajo, oyendo casos tristes a nuestro alrededor, tal vez muy cercanos, que ponen los pelos de punta. Hace pocos días oía una intervención gubernamental en prensa en la que se insistía en la idea de que los españoles ya no teníamos miedo a perder el puesto de trabajo. No pretendo emular a quien hacía aquellas afirmaciones porque ni de lejos es ese el sentido que quiero dar a esta idea. Así es que vaya por delante una justificación y unas disculpas anticipadas. Permitidme ahora que os cuente una historia.

y si digo no al trabajo

Banco de imágenes de Creative Commons, autor Alejandro Pinto

Erase una vez un experimentado profesional del sector de la economía del conocimiento. Llevaba años y muchos proyectos a sus espaldas prestando sus servicios para distintas empresas a las que había ido recalando en una empinada carrera laboral. Se sentía moderadamente satisfecho de sus éxitos y aunque sabía que algún traspié podría encontrar en su camino, lo cierto es que el horizonte de su futuro lo veía como una espléndida llanura. La posición y la reputación se las había ganado a pulso, trabajando duro y comprometiéndose con los que en cada momento habían sido sus contratadores. Haciendo suyas las razones de la empresa, y contribuyendo a su desarrollo desde cada vez un mayor nivel de responsabilidad.

Pero hete aquí que un buen día de hace 4 años recibió aquella inquietante llamada del departamento de Recursos Humanos de la empresa para la que trabajaba. Todavía tuvo tiempo, antes de subir al despacho, de enviar por email a su jefe directo el informe que estaba preparando. Para cuando bajó ya había dejado de ser la misma persona; su cara era un poema, el mismo gesto retorcido que había visto en otros que le precedieron en aquellos agónicos años que siguieron a la explosión económica de 2008.

Los primeros días de su nueva vida, los dedicó el protagonista de nuestra historia a poner en orden sus cosas: primero los papeles del paro, después el seguro que tenía contratado con la hipoteca del piso; se puso al día de los deberes de los chicos y hasta se compró chándal y zapatillas nuevas con la promesa de salir a correr un rato todas las mañanas.

Pasaron varias semanas, varios meses, el verano pasó y llegó el invierno. Pasaron los chicos de curso y pasaron las ganas de salir a correr. Pasaron la emoción por sentirse al fin útil en casa y la ilusión por disponer de todo el tiempo libre del mundo para dedicarse justamente a aquello que más adoraba. Pasó todo menos la ansiedad por volver a encontrar un trabajo, esa era cada día más asfixiante.

Y entonces lo pensó. Pensó que trabajar y encontrar un puesto de trabajo eran dos cosas distintas. Se dio cuenta que trabajar era una filosofía de vida y que sólo dependía de sí mismo para llevarla a cabo, otra cosa sería cómo ingeniárselas para ingresar dinero en casa. Elaboró dos listas: una con todas aquellas actividades en las que podía trabajar (escribir un manual técnico de lo que había aprendido en sus años profesionales; estudiar una especialización nueva que llevaba tiempo llamándole la atención; escuchar películas en inglés; mejorar el manejo de varias herramientas informáticas; redactar un blog;… la lista era larguísima). La otra lista se componía de actividades con las que podría generar algunos ingresos, esta era más corta: dar clase de materias que dominaba bien; asesorar a otras personas más jóvenes que estaban empezando en su profesión; ayudar en el papeleo de la gestoría de un amigo.

Se puso en marcha e inicio en paralelo la ejecución de sus dos listas. Al poco tiempo empezó a encontrar puntos de sinergia entre ambas: escribir manuales era una actividad con la que también podría tener ingresos, puesto que podía divulgarlos a varios centros de formación que estuvieran interesados; ayudar en la gestoría de su amigo no tenía que limitarse al papeleo, sino que podía ofrecer una línea de colaboración de asesoramiento especializado en su profesión; si los contenidos del blog eran lo suficientemente valiosos, generarían un buen número de visitas, y eso podría servirle para darse a conocer como consultor experto. Iba  encontrando progresivamente más y más posibilidades de entrecruzar esas dos líneas que tan dispares le habían parecido en un principio.

Un buen día se percató de que era lo menos parecido a una persona parada, aunque oficialmente todavía tuviera que ir cada cierto tiempo a sellar su tarjeta de desempleado. En un alarde de valentía se dirigió por última vez a la oficina del paro y solicitó la capitalización de lo poco que le quedaba por cobrar de prestación. Se dio de alta en el régimen de autónomos y algunos meses después acabó constituyendo una sociedad mercantil formada por sí mismo. Sus ingresos no eran fijos, ni siquiera tenían un nivel estable, pero había aprendido a sacar provecho de conjugar sus dos listas y lo hacía cada vez mejor.

Hace pocas semanas se le vio impartiendo un seminario en uno de esos congresos nacionales para emprendedores. Colgaron su ponencia en Internet y le felicitaron incluso antiguos compañeros. Pero el instante decisivo fue ayer mismo, cuando recibió una llamada ofreciéndole un puesto de trabajo en una multinacional del sector. De momento ganó tiempo, pidió una referencia de la persona con la que hablaba y solicitó poder devolver la llamada pasadas un par de horas. Se puso su chándal y sus zapatillas y salió a correr. Después de ducharse y picar algo de comida hizo lo que nunca pensó que podría llegar a hacer, con toda la amabilidad del mundo le dijo a la que podría haber sido su nueva jefa: “gracias, pero no me interesa el puesto de trabajo que me ofrecen; si acaso, podemos alcanzar algún acuerdo de colaboración para que mi empresa les asesore en esta materia.”

Después dejó el teléfono sobre la mesa de la cocina y encendió su portátil: tenía que escribir una interesante entrada en su blog.

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