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Blog de cocreanet

artículo propios de vivencias y conceptos sobre INTELIGENCIA TERRITORIAL E INNOVACIÓN APLICADA

Nuevas ruralidades y viejos marcos mentales

Durante mucho tiempo hemos mirado el medio rural con una imagen heredada, construida a partir de recuerdos, relatos y experiencias que ya no existen. Pero los territorios cambian, evolucionan y se transforman. Y quizás el mayor reto hoy no sea entender el rural… sino revisar la mirada con la que lo seguimos observando.

 

Como muchos niños y niñas de mi generación, yo también tenía un pueblo.
Nací y crecí en una ciudad del entorno de Madrid: Alcorcón. Cada verano, con mi madre y mis hermanas nos íbamos a la casa del pueblo, un municipio que por aquel entonces tenía en torno a 3.000 habitantes en la comarca de la Jara: Los Navalmorales, Toledo. Mi madre y toda mi familia materna son de allí.

 

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Imagen creada para esta entrada por IA (DALL-E)

 

Mi padre, madrileño de pedigrí, gato, suspiraba por el pueblo. A diferencia de mi madre, que nos recordaba una y mil veces que a ella en el pueblo no se le había perdido nada, que iba porque nosotras queríamos. Y ¡claro que queríamos! Era lo mejor del mundo. Todavía hoy recuerdo aquellos veranos de mi infancia y adolescencia como un paraíso perdido.

En aquellos años 80, España todavía tenía mucho que andar para igualarse a otros territorios del club europeo donde acababan de admitirnos. En todas partes. Pero, si cabe, mucho más en el rural.
Si, como muchos de esos niños y niñas de aquella generación, tus veranos paradisiacos rurales terminaron rondando el cambio de siglo, lo más probable es que para ti el pueblo sea una foto, no muy nítida, en un álbum familiar. Suele pasar – como cuando hace años que no ves a alguien y de repente te lo encuentras – que tus recuerdos solo existen ahí, pero no se parecen en nada a lo que pasa hoy.

 

Qué ha cambiado en el rural en los últimos 20 años

 

La respuesta corta es: casi todo. La larga merece algo más de atención. El rural español de 2026 es profundamente distinto al de hace veinte años, y no solo en términos demográficos:

El perfil de quien vive en el rural ha cambiado. Junto a las familias de siempre conviven neorrurales que llegaron por elección, trabajadores remotos que no dependen del territorio para su empleo, jubilados activos que generan comunidad, y emprendedores que han encontrado en el rural condiciones que la ciudad no les ofrecía.

La economía rural se ha diversificado. La agricultura sigue siendo importante, pero ya no es el único eje. El turismo sostenible, la economía del cuidado, la producción artesanal de valor añadido, los servicios digitales y la energía renovable están redibujando el mapa productivo de muchos territorios.

La conectividad ha reducido drásticamente el aislamiento informacional. Vivir en un pueblo pequeño ya no significa estar desconectado del mundo. Eso cambia las expectativas, las referencias y las aspiraciones de quienes eligen quedarse o llegar.

Las motivaciones para habitar el rural han cambiado. Calidad de vida, sostenibilidad, comunidad, espacio: son valores que han ganado peso, especialmente entre generaciones más jóvenes. El rural ya no es solo el lugar del que no se pudo salir, sino en muchos casos el lugar al que se elige llegar.

 

Viejos marcos mentales

 

Probablemente, muchos de los que hoy deciden las políticas, estrategias e iniciativas para promocionar el rural también fueron niños y niñas con pueblo. Y, posiblemente, siguen viendo con esos ojos lo que ya no existe más que en un viejo álbum familiar.

Y tomar decisiones sobre un territorio con una imagen que no se corresponde a lo que es hoy tiene consecuencias muy reales. Al menos hay tres marcos mentales que siguen persistiendo con especial tenacidad:

  • El rural como carencia. Es quizás el más extendido y el más dañino. Bajo este marco, el territorio rural se define por lo que le falta: servicios, población, oportunidades, infraestructuras. Esta mirada no es solo descriptiva, es prescriptiva: orienta las políticas hacia la compensación de déficits en lugar de hacia el aprovechamiento de fortalezas. Y tiene un efecto perverso: convierte a los territorios en receptores pasivos de ayudas en lugar de protagonistas activos de su propio desarrollo.

 

  • El rural como cosa del pasado. La imagen del pueblo como espacio de tradición, autenticidad y lentitud tiene su encanto, pero cuando se convierte en marco dominante, invisibiliza la complejidad y la modernidad de muchos territorios rurales. Hay pueblos que están protagonizando transiciones energéticas, experimentos de gobernanza participativa o modelos de economía circular más avanzados que muchas ciudades. Ese rural no cabe en la foto del álbum.

 

  • El rural como problema urbano a resolver. Quizás el más sutil de los tres. Se manifiesta cuando las soluciones vienen diseñadas desde fuera, por técnicos y políticos que rara vez pisan el territorio, pensadas para un rural imaginado que pocas veces coincide con el real.

Es imprescindible cambiar el marco mental.

No se trata de romantizar el rural ni de ignorar sus dificultades reales. Se trata de cambiar el punto de partida. En lugar de preguntarnos qué le falta al territorio, preguntarnos qué tiene y cómo puede aprovecharlo. En lugar de diseñar soluciones desde fuera, cocrear estrategias con quienes conocen el territorio desde dentro. En lugar de medir solo lo que es fácil de cuantificar, construir sistemas de inteligencia territorial que capturen la complejidad real.

Y, definitivamente, aceptar que cada territorio es un ecosistema singular y que las recetas universales rara vez funcionan.
Ahora, que llevo ya unos cuantos años viviendo en el rural, pienso mucho en Los Navalmorales. Yo no he vuelto, pero estoy segura de que si lo hiciera sería capaz de reconocer sus calles y sus casas, pero no a la gente que ha decidido quedarse y construir allí, no los proyectos que no estaban en ningún plan estratégico, no los vínculos que la ciudad no sabe fabricar. Mi madre tenía razón: en aquel pueblo no se le había perdido nada. En este otro, seguramente no sería capaz de encontrarse.

A todos los niños y niñas de mi generación os sugeriría volver. No con los ojos del álbum, sino con los de ahora. Ver lo que hay, no lo que recordáis. Y entonces, desde ahí, pensar qué se puede construir.

 

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Desde siempre aspiré a hacer de este un mundo mejor, más justo, más igualitario. Desde COCREANET, la empresa de la que soy socia y fundadora, aterrizo mi propósito en proyectos de innovación, empresarial, social y, ahora también, rural. Un compromiso con las personas y con la sociedad.

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