¿Qué ocurre cuando la ilusión de transformar un pueblo se encuentra con la prudencia de quienes ya estaban allí? En esta entrada reflexionamos sobre cómo canalizar los conflictos hacia una convivencia en una comunidad enriquecedora, desde la escucha, la participación y el reconocimiento mutuo.
Hace muy pocos días escuchaba a una buena amiga lamentarse de la poca receptividad que había encontrado a sus ideas en un pequeño pueblo cuando había decidido desplazarse allí a vivir. La queja no es nueva, la hemos oído otras veces y a distintas personas, también los que quedan “del otro lado” (aquellos y aquellas que ya habitaban el territorio con anterioridad).

Imagen creada para esta entrada por IA (DALL-E)
¿Qué está pasando?
La comunidad rural es un sistema en movimiento. Es habitual que personas de generaciones más jóvenes y /o nuevos pobladores tomen la iniciativa para intentar transformar el entorno. En ocasiones, esa energía choca de frente con una pared invisible: la resistencia del propio pueblo. Personas mayores o vecinos de toda la vida que no entienden esas iniciativas, que se sienten desplazadas o que, simplemente, tienen miedo de que las cosas cambien demasiado rápido. Y ahí es donde empiezan los conflictos. Silenciosos, incómodos, muchas veces no expresados directamente… pero que pueden hacer tambalear incluso los mejores proyectos.
Resistencia al cambio
Desde el punto de vista de esos movimientos emergentes, el diagnóstico es claro: resistencia al cambio. Lo explica Kotter mucho mejor en “Nuestro Iceberg se derrite”. Podemos ver a esos nuevos pobladores como los pingüinos intrépidos de la comisión del cambio, conscientes de que tienen que moverse si quieren evitar la destrucción de su mundo; chocando de pleno con las tradiciones y el “aquí siempre se han hecho las cosas así”.
Aplicar las enseñanzas de Kotter, con sus 8 pasos para la gestión del cambio, es tentador y posiblemente puede ensayarse. Pero estamos hablando de raíces culturales muy arraigadas y, sobre todo, queremos convivir en paz y eso nos obliga a trabajar desde el otro punto de vista también.
Las dos caras de un conflicto
Esto no va de bandos. Por muy buenas intenciones que se lleven desde esos movimientos transformadores, no es recomendable entrar como un elefante en una cacharrería.
Es importante entender el punto de vista de los que ya estaban allí antes. Hay una mezcla de prudencia, temor y memoria. “Esto ya lo intentamos una vez”, “eso no es para aquí”, “no necesitamos tanto lío”. Es cultura, experiencia, ritmo vital. Por otro lado, no desdeñable.
Ensayando el enfoque inteligencia territorial + innovación retroprogresiva
Se nos ocurre aplicar estos dos enfoques como herramienta de abordaje de la situación conflictiva.
Desde la innovación retroprogresiva buscamos revalorizar lo que ya existe. Aprender de la experiencia pasada, aunque no haya sido exitosa, es necesario. Y para eso escuchar antes de actuar. Escuchar no es preguntar una vez, es abrir espacios constantes y sostenidos en el tiempo donde participen y se involucren distintas generaciones y de distintos orígenes.
Esto nos lleva a la inteligencia territorial, puesto que en esos espacios constructivos se pueden manejar oportunidades que tal vez nunca antes se había reparado en ellas.
Los pequeños gestos importan también. La innovación sin más se produce en un contexto de confianza, se construye sobre lo anterior, se suma. Evitemos entonces lenguajes rupturistas (“empezar de nuevo”, “sustituir”…) y, como los pingüinos de Kotter, aprovechemos todas las ocasiones para alentar una nueva visión compartida (“todos queremos lo mejor para nuestro pueblo, construir hacia el futuro”). A veces, un café en el bar, una reunión informal en la plaza, puede hacer más por la convivencia que diez grandes asambleas.
Es verdad que necesitamos herramientas de participación. Necesitamos crear antes de nada esa cultura participativa. Pero ahí también tenemos materia prima en la que apoyarnos: la cultura de lo colectivo está mucho más arraigada en las comunidades pequeñas, conozcámosla y valgámonos de ella para ir introduciendo esos cambios.
El cambio no puede ser unilateral. Es tranquilo, lento incluso. No es montar un evento y pretender que se sumen todos. A veces, los mejores proyectos no son los que más se ven, sino los que consiguen que las personas se reconozcan unas a otras. Que puedan disentir sin romperse. Que pasen de la desconfianza al cuidado mutuo. Que transformen la energía del entusiasmo en convivencia.
Y eso, aunque parezca pequeño, es el cambio más grande que podemos provocar.
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Desde siempre aspiré a hacer de este un mundo mejor, más justo, más igualitario. Desde COCREANET, la empresa de la que soy socia y fundadora, aterrizo mi propósito en proyectos de innovación, empresarial, social y, ahora también, rural. Un compromiso con las personas y con la sociedad.






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