Hablar de innovación territorial, rural y /o social desde un despacho es un ejercicio académico que, como poco, no responde a las necesidades reales. (y, como mucho, es puro postureo)
Los que nos leéis hace tiempo, sabéis que somos bastante críticos con todos esos proyectos, estrategias, documentos de planificación y convocatorias públicas que tienen que ver con la innovación territorial y que han nacido en un despacho (normalmente, urbano).
Resulta demasiado tentador (mucho más ahora, con todo un kit de herramientas de IA al alcance de cualquiera) sentarse tras una pantalla de ordenador y diseñar planes estratégicos, diagnósticos, documentos extensos y presentaciones muy elaboradas que intentan ordenar la realidad desde la distancia. Todo parece encajar sobre el papel. Sin embargo, cuando esas propuestas aterrizan en el terreno, las cosas suelen ser bastante más complejas.
Los territorios no son sistemas abstractos. Son espacios habitados por personas, con historias, tensiones, relaciones de poder, expectativas y ritmos propios. Y todo eso rara vez cabe en un documento técnico.
Innovar exige pisar el territorio (o la tierra para quien se la trabaja)
Trabajar con territorios implica aceptar algo que a veces incomoda: muchas de las claves para transformar un lugar no están en los modelos teóricos ni en las metodologías de moda, sino en el conocimiento que ya existe dentro de la propia comunidad.
Ese conocimiento no siempre es visible ni aparece en los informes. Se encuentra en conversaciones informales, en dinámicas sociales que se han construido durante años, en la experiencia de quienes habitan y trabajan allí.
Por eso, innovar en el territorio exige algo bastante simple y a la vez exigente: estar presentes. Escuchar antes de proponer. Entender antes de diseñar. Acompañar procesos en lugar de intentar dirigirlos.
Innovar también es un ejercicio de humildad
La innovación está reñida con el ego. Claramente. Si piensas que estás en poder de la verdad y te sobra el “prueba error” imprescindible para innovar, es imposible que lo consigas. Porque si algo te enseña la innovación es el camino del fallo.
Y en desarrollo territorial no es distinto. Esto no va de llegar con respuestas prefabricadas. Va más bien de formular las preguntas adecuadas, crear espacios donde las personas puedan pensar juntas y facilitar que las ideas que ya existen encuentren la forma de desarrollarse.
Los despachos están bien para ordenar ideas, analizar datos y pensar en estrategias. Pero la innovación real siempre termina ocurriendo en otro lugar.
Ocurre en las conversaciones, en las plazas, en las asociaciones, en los proyectos compartidos, en las decisiones cotidianas que toman quienes viven el territorio.
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Desde siempre aspiré a hacer de este un mundo mejor, más justo, más igualitario. Desde COCREANET, la empresa de la que soy socia y fundadora, aterrizo mi propósito en proyectos de innovación, empresarial, social y, ahora también, rural. Un compromiso con las personas y con la sociedad.







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