Hemos tenido la oportunidad de participar, de la mano de los grupos de acción local CODINSE y Tierras del Cid, en varios encuentros vinculados a la Red PAME. Preparando estas jornadas he reflexionado sobre la comunidad en el medio rural y cómo impacta eso en mi condición de género femenino.
Me ha pasado muchas veces, cuando cuento que dejé la ciudad para irme a vivir al medio rural – hace ahora justo 5 años -, que me llaman valiente o cuanto menos muestran sorpresa. Nunca he terminado de entender esa reacción, porque yo nunca lo viví así. No sentí que estuviera haciendo algo heroico ni especialmente arriesgado. Más bien al contrario: lo que vi en el medio rural fue una oportunidad.
Una oportunidad de vivir de otra manera, sí, pero también una oportunidad de trabajar, de emprender y de construir proyectos con sentido.
La fuerza de la comunidad
Una de las cosas que más me sedujo al llegar aquí fue el sentido de la comunidad.
En los pueblos las relaciones funcionan de otra manera. Las personas se conocen, las conversaciones ocurren en espacios compartidos y los proyectos rara vez se construyen en solitario.
Eso genera algo muy valioso para quien emprende: redes de confianza.
Muchas veces hablamos del emprendimiento en términos de financiación, formación o innovación. Todo eso es importante. Pero hay un factor que resulta igual o más decisivo: saber que no estás sola, que hay personas alrededor dispuestas a apoyar, a aconsejar o simplemente a acompañar.
Y esa dimensión comunitaria es algo que el medio rural conserva con una intensidad que se ha perdido en las ciudades.
Las mujeres y las redes
Si además hablamos de mujeres, la cuestión adquiere otra dimensión.
Las mujeres llevamos siglos construyendo redes, muchas veces de manera informal. Redes de apoyo, de cuidados, de colaboración. Sin duda también como mecanismo de supervivencia, porque socialmente no hemos contado con estructuras formales que nos respaldaran.
Quizás por eso, cuando esas redes se encuentran con la lógica comunitaria del medio rural, ocurre algo interesante: aparece un terreno especialmente fértil para el emprendimiento femenino.
No porque sea fácil —que no lo es— sino porque existen condiciones que favorecen la cooperación, el apoyo mutuo y la construcción colectiva.
Encontrar un lugar
Y esta es justo la reflexión que acabo de hacer estos días: tal vez una de las razones por las que me sentí cómoda en el medio rural desde el principio tiene que ver precisamente con eso.
Con la posibilidad de trabajar desde la cercanía, de construir relaciones profesionales que también son relaciones humanas, de formar parte de redes que se tejen con naturalidad.
Quizás sin buscarlo conscientemente, encontré en el medio rural un entorno que encajaba bastante bien con una forma de trabajar y de relacionarse que, como mujer, siempre me había resultado natural.
Un espacio donde comunidad, proyecto y vida no están completamente separados.
He hablado de todo esto en los encuentros organizados por Tierras del Cid y CODINSE, recordando algo importante: que los territorios no se transforman solo con proyectos o políticas públicas, también se transforman gracias a las redes invisibles que las personas —y muy especialmente las mujeres— han sabido construir a lo largo del tiempo.
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Desde siempre aspiré a hacer de este un mundo mejor, más justo, más igualitario. Desde COCREANET, la empresa de la que soy socia y fundadora, aterrizo mi propósito en proyectos de innovación, empresarial, social y, ahora también, rural. Un compromiso con las personas y con la sociedad.








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