En un mundo obsesionado con lo digital, hemos olvidado leer lo esencial: nuestro propio entorno. Esta entrada habla de un tipo de analfabetismo que no se mide con test, pero que empobrece nuestras decisiones y desconecta a las comunidades.
Durante siglos, las comunidades supieron leer el territorio: sabían cuándo sembrar por cómo soplaba el viento, qué plantas eran comestibles y cuáles curativas, qué caminos usaban los animales, cómo se comunicaban los pueblos entre sí… Hoy, una gran mayoría, vivimos ajenos al lugar que habitamos: no sabemos de dónde viene el agua, qué tipo de suelo pisamos o qué árboles nos rodean.

Foto obtenida de Pexels con CC. Creative Comuns, by Elina Volkova
Y esto no es solo una pérdida poética: es una quiebra de inteligencia colectiva. Al desconectarnos del entorno natural, hemos perdido la pista a por qué los vínculos sociales son como son, cómo fluye la economía local, qué memorias encierra un paisaje… A ello nos referimos con el título de la entrada: analfabetismo territorial.
Desconocimiento del territorio
No deja de sorprenderme, en este aprendizaje vital que llevo desde que nos trasladamos el entorno rural, lo ignorante que he vivido tantos años antes. Miro el paisaje de mi territorio actual y me parece que siempre ha sido así, pero luego descubro que no hace tanto tiempo tenía un aspecto bien diferente. Las decisiones que aquellas mujeres y hombres tomaron modelaron el paisaje y eso tuvo sus motivos, también sus efectos.
Este es el conocimiento que nos falta.
De cómo hemos llegado a este punto se pueden encontrar muchos motivos: la urbanización masiva, que nos hace perder las referencias geográficas incluso; la especialización extrema (sabemos mucho de un tema, pero hemos perdido la visión sistémica); unos planes educativos que no incorporan contenidos ecológicos; la pérdida de la transmisión intergeneracional, motivado en mucha medida por el desarraigo de los que emigraron; etc.
Reconexión territorial
Dejo para futuras reflexiones, en este mismo blog, qué hacer para volver a reconectar. Desde luego no es igual vivir en el entorno rural, donde las oportunidades de recuperar el conocimiento territorial están mucho más al alcance que en el mundo urbano. Para muestra, mi propia vivencia.
Entre tanto, podríamos pensar en actividades (da igual si son campamentos de verano infantiles, campamentos urbanos, excursiones de jubilados, programas de asociaciones…) que nos enseñaran nuevamente a leer el paisaje: paseos interpretativos, mapeos colectivos… De paso, también a escuchar a la comunidad: recuperar historias, saberes, formas de vida…
En esta reconexión, nos planteamos cómo las herramientas (sistemas de inteligencia territorial), nos pueden ayudar a integrar los datos duros con el conocimiento local. Esa suerte de innovación retroprogresiva de la que tanto hablamos en este blog.
Porque esto de la inteligencia territorial no tiene más propósito que dotarnos de la capacidad de entender el lugar para transformarlo con sentido.
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Desde siempre aspiré a hacer de este un mundo mejor, más justo, más igualitario. Desde COCREANET, la empresa de la que soy socia y fundadora, aterrizo mi propósito en proyectos de innovación, empresarial, social y, ahora también, rural. Un compromiso con las personas y con la sociedad.






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