Hoy ponemos el foco en un punto ciego del discurso dominante sobre innovación: los sesgos y egos que la sabotean desde dentro, incluso entre quienes se consideran agentes del cambio.
La mayoría de los textos sobre innovación hablan de metodologías o de inspiración. Nosotros también tenemos múltiples entradas sobre ello. Pero hoy queremos mirar hacia dentro y hablar de lo que entorpece los procesos reales de cocreación: la falta de humildad, los prejuicios invisibles, la autopercepción de “superioridad innovadora”. Y queremos hacerlo partiendo de una evidencia: la innovación no es ideal, porque está hecha por personas, y por tanto, es una práctica humana imperfecta.
COCREANET siempre ha defendido una innovación centrada en las personas, en la escucha y la inteligencia colectiva. Desde esta óptica honesta no tenemos más remedio entonces que poner sobre la mesa estos comportamientos, desde la experiencia como observadores críticos y facilitadores. No se trata de señalar, sino de mostrar lo que bloquea la transformación real en los territorios y organizaciones.
La innovación no se mide por la cantidad de ideas nuevas, sino por la capacidad de las personas para escucharse, aprender y construir juntas. Y ahí es donde los sesgos y egos son el mayor obstáculo.
¿De qué sesgos estamos hablando? Cualquiera, pero quizás por proximidad acusamos especialmente sesgos culturales, jerárquicos o de autopercepción, lo que limita la diversidad cognitiva y emocional que necesitamos para innovar de verdad.
Por ejemplo, la presunción de que el rural está atrasado por definición y de que las personas que viven en el rural no están a la “altura” (en digitalización, manejo de herramientas, acceso a la cultura…) de los que lo hacen en una gran ciudad.
Otro ejemplo: el participante en un proceso de cocreación que tiene cierto grado de experiencia o conocimiento de la materia de que se trate y cuya autopercepción le impide asumir que otras personas neófitas pueden tener mejores ideas. Personas que trabajan mal en equipo porque necesitan un reconocimiento continuo y no escuchan.
Otro ejemplo más: el cliente o jefe que simula ser uno más del equipo, pero que rápidamente se siente amenazado por las ideas de sus colaboradores, vaya a ser que le dejen en evidencia.
En nuestros años de trabajo, hemos podido comprobar que la innovación es sobre todo un acto de generosidad: diluirte en el grupo para gestar juntos desde la inteligencia colectiva. Dejar de ser tú para ser un miembro del equipo. Es casi una cuestión filosófica que nos llevaría muchas líneas: el individuo o la colectividad.
Para los que nos dedicamos a facilitar esos procesos de innovación, representa una de las grandes barreras, no siempre resuelta de forma idónea. Gestionar los sesgos y los egos cuesta mucho esfuerzo.
Tal vez el reto más difícil no sea innovar, sino desaprender a no hacerlo solos.
Innovar juntos exige desaprender jerarquías, abrirse al error y reconocer que nadie tiene el monopolio de las buenas ideas. Vayamos tomando nota.
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