En un mundo obsesionado con las soluciones rápidas, a veces se nos olvida que innovar no empieza con una respuesta, sino con buenas preguntas. ¿Y si lo verdaderamente transformador en nuestros territorios no fuese resolver, sino atreverse a cuestionar lo que siempre dimos por hecho?
En los procesos de participación, sobre todo cuando trabajamos con gente no acostumbrada a las metodologías de innovación, tenemos que hacer verdaderos esfuerzos para evitar que planteen desde el primer minuto soluciones a los retos que proponemos. Solemos decirles que separen el momento problema del momento solución, pero no todo el mundo termina de entenderlo.
Nuestros modos de pensamiento, alentados por un sistema educativo centrado en resultados, están orientados a encontrar soluciones. Pero la innovación no es el destino, sino el camino de exploración hasta llegar.
El problema de saltar demasiado rápido a las soluciones, en cualquier entorno, pero especialmente en el desarrollo territorial, es que corremos el riesgo de proponer fórmulas convencionales, a veces respuestas calcadas sin adaptar.
Aprender a mirar con nuevos ojos
La herramienta más eficaz que hemos podido probar para encontrar la disrupción es la pregunta. No es nuestro, es de Einstein que decía que, si tuviera 60 minutos para resolver un problema, dedicaría 55 a entender el problema y 5 a la solución.
Entender un problema complejo, como todos los que nos encontramos en el contexto social y rural, va de hacer preguntas. Preguntar desde el extrañamiento, como si no supiéramos nada, tiene el poder de transformar la realidad porque te cambia el marco mental.
¿Y si en vez de competir entre pueblos, colaboramos como territorio? Las estrategias de desarrollo LEADER trabajan con esto enfoque comarcal, y han sido capaces de promover redes de cooperación entre municipios donde en otro tiempo posiblemente hubo rivalidades históricas.
¿Qué saberes invisibles hay en este pueblo que pueden convertirse en innovación? La innovación retroprogresiva trabaja con esta perspectiva para generar nuevas propuestas económicas, culturales…
¿Y si la despoblación no fuera solo un síntoma, sino una oportunidad de rediseñar el modelo?
Entrenar el músculo de la curiosidad
Demasiadas veces nos han contado que “preguntar es feo”. Reivindiquemos nuestra curiosidad natural. Porque a preguntar se aprende, sólo hace falta borrar todo lo que creemos saber, todo eso que damos por supuesto, y desde esa conciencia de la ignorancia escuchar.
Porque la innovación no es dar respuestas, sino activar procesos de pensamiento colectivo. Nuestro papel como facilitadores, y me encanta la palabra por eso, es dar permiso a la curiosidad, ayudar a que las salten chispas en las conversaciones.
No hay innovación sin pensamiento crítico. Y no hay pensamiento crítico sin preguntas incómodas, provocadoras. Quizás lo más revolucionario que podamos hacer hoy por nuestros territorios es aprender a preguntar.
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Desde siempre aspiré a hacer de este un mundo mejor, más justo, más igualitario. Desde COCREANET, la empresa de la que soy socia y fundadora, aterrizo mi propósito en proyectos de innovación, empresarial, social y, ahora también, rural. Un compromiso con las personas y con la sociedad.







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