Metodologías ágiles sí… pero…

Los contextos de alta incertidumbre exigen nuevas formas de gestionar proyectos, de diseñar negocios, de crear productos y servicios. Las metodologías ágiles han venido para quedarse y poco a poco se irán incorporando como hilo conductor en el día a día de las empresas. Pero, como con todo, hay que actuar con cabeza.

Descubrimos el enfoque adaptativo, con su elenco de metodologías, técnicas y herramientas para diseñar nuevos negocios, nuevos productos y servicios, hace ya algunos años. En aquel momento, fue como encender una luz en una habitación oscura: ¡¡por fin!! habíamos encontrado la manera de abordar nuestro trabajo desde una perspectiva más realista, sobre todo por la disminución de riesgo que supone frente a otras filosofía clásicas, de tipo predictivo.

metodologias agiles

Banco de imágenes de Pixabay, autor Broesis

Desde entonces hemos ido sumergiéndonos más y más en estas disciplinas, aprendiendo (¡y lo que aún queda por aprender!), entrenándonos en el uso de las herramientas y también (¿por qué no?) tuneándolas cuando llega el caso, adaptando el conocimiento que otros han aportado antes a las necesidades de nuestros clientes y generando con ello nuevo conocimiento que igualmente aportamos a la comunidad, por ejemplo a través de este blog.

Muchos llegaron antes que nosotros, los consideramos maestros, y otros muchos se han incorporado después. En nuestros valores está tratar a todo el mundo por igual, venga de donde venga, nunca creer que porque ya hayamos recorrido parte del camino que esos otros han iniciado más tarde, estamos por encima y podemos dar lecciones.

En este tiempo nos hemos encontrado con gente maravillosa, unos llegaron para quedarse y otros estuvieron con nosotros y después nos alejamos, pero siguen teniendo un hueco en nuestros corazones. Quizá por eso nunca ha dejado de sorprendernos haber sido objeto  de algunos envites, pocos, la verdad, por parte de algunas firmas. Pensamos que competir, más allá de las connotaciones que le confiere un concepto de capitalismo exacerbado, es algo bueno ya que nos reta a intentar hacer las cosas cada día mejor. Y, además, por alguna suerte de pensamiento mágico tendemos a pensar que la competencia de hoy pueden ser los aliados de mañana si se dan las circunstancias.

Muchos de esos ataques se han producido cuando hemos defendido – y seguimos defendiendo – la combinación de esas metodologías ágiles con otras herramientas procedentes de la ciencia clásica empresarial. Nos negamos en rotundo a que sea cierto aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor pero también rechazamos la idea, por sectaria, de que lo único que vale la pena es lo nuevo, de abandonar lo antiguo sólo por eso.

Pensamos que hay entornos donde los enfoques tradicionales de gestión siguen siendo válidos, aderezados cuando corresponda con otros instrumentos más adaptables al contexto actual del mercado. Creemos también que no se puede entrar en las empresas, en la cultura de las organizaciones, en las creencias de las personas, como elefante en cacharrería. El agilismo – asumiendo el concepto en su sentido más amplio – es imprescindible para desenvolverse en la incertidumbre pero su adopción no puede ser un ejercicio de fanatismo y sí de pragmatismo.

Los ortodoxos de las metodologías ágiles se sienten seguramente atacados cuando nos escuchan hablar de este modo. Por eso se enfadan.

Pues de veras que lo sentimos (el enfado y la sensación de amenaza) porque nos gusta más que nos recuerden por el valor que aportamos, pero esta es una cuestión de principios. De igual modo que, cuando toca, le decimos que no a un cliente que quiere que le construyamos de la nada un business plan (sin validar hipótesis, sin tener métricas probadas en experimentos…), decimos que no a otros que pretenden poner patas abajo su organización porque alguien les ha hablado de SCRUM y ahora quieren hacer SCRUM hasta en el departamento de servicios generales. Tocar de oído es muy peligroso y no queremos ser cómplices de un desastre. Por último, a unos y otros les estaríamos engañando y eso sí que es algo que no entra en nuestras posibilidades éticas.

En fin, ladran, luego cabalgamos…

 

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