El tiempo que vendrá

La innovación es un concepto demasiado amplio para recoger las distintas realidades de las empresas. Aterrizar la innovación es una cuestión bien distinta y mucho más certera.

Muchas cosas han cambiado en los últimos meses, y aún nos queda recorrido. Hemos visto, por ejemplo, cómo empresas que nunca se habían planteado vender por Internet han puesto el ecommerce en los primeros puestos de sus canales de comercialización; hemos visto también cómo muchos empleados se quedaban teletrabajando en casa; hemos visto cerrar negocios – demasiados – y abrir otros nuevos. En definitiva, estamos siendo testigos de una revolución, ¿qué papel puede jugar la innovación en todo esto?

aterrizar innovacion

Banco de imágenes de Pixabay, PublicDomainPictures

Hablar de innovación en este tiempo de catarsis puede resultar demasiado evidente, tal vez por esa querencia al uso de las palabras hasta que están totalmente manoseadas. Nadie en su sano juicio se atrevería a negar la evidencia de necesitar esa innovación en todas partes. Pero cuando empezamos a aterrizar los grandes conceptos para llevarlos a lo cotidiano el resultado puede ser inesperado. No sería tan extraño encontrar organizaciones que nunca cuestionarían la necesidad de innovar pero que no están dispuestas a invertir los recursos para llevarlo a cabo, al menos no en este tiempo de crisis. Ya sabemos que sembrar hoy para recoger mañana requiere un esfuerzo mental que se da de bruces con una cultura, la nuestra, quizás demasiado dada al cortoplacismo.

En marzo pasado, cuando se desató la debacle, todo el mundo desarrollo rápidas e ingeniosas tácticas de supervivencia. Me viene a la memoria una empresa familiar, de venta de productos alimenticios de primera necesidad, que en pocos días había puesto en marcha un sistema para vender por Internet – sin apenas tener ni una página web – y para cobrar a través de BIZUM. Ingenioso a más no poder y muy meritorio si tenemos en cuenta que el propietario es una persona mayor a la que las nuevas tecnologías le pillaron ya fuera de tiempo. Me consta que no fueron los únicos que implementaron algo parecido.

Me acuerdo también de un buen amigo que distribuye al por mayor baratijas y productos de decoración que en menos de un mes se había pasado a la venta de productos sanitarios. Y otra empresa amiga que en poco más de dos semanas se las había ingeniado para dar un servicio razonable a todos sus clientes a través del teléfono y el correo electrónico, con todos sus trabajadores en casa y con un sistema precario pero eficiente de intercambio de información entre ellos.

¿Qué ha sido de todos ellos unos cuantos meses después? Pues en términos generales siguen más o menos igual, han incorporado como nuevas rutinas estos sistemas ideados para “salir al paso” y poco más. He tenido ocasión de hablar con todos ellos en los últimos días y lo he comprobado. La explicación es clara: aunque reconocen los beneficios de las innovaciones realizadas, no les parece el momento adecuado para emprender inversiones de cara a estabilizarlas a futuro, en todo caso cuando pase todo esto y empiecen a remontar sus facturaciones. En mi cabeza el mensaje resuena de otra manera: las mencionadas innovaciones no son tales en realidad sino tácticas de adaptación que, posiblemente, nunca terminen de consolidarse o si llegan a hacerlo se incorporarán como “parches” operativos, añadiendo aún más complejidad a su gestión diaria.

Es muy probable que todas las que reconocemos hoy como grandes innovaciones del pasado, en la mayoría de los casos, resultaran de un proceso de adaptación al que las empresas se vieron más o menos obligadas en el momento. Pero acaso residan aquí también los grandes problemas de nuestras organizaciones: la poca capacidad para anticiparse y promover cambios si no es porque no les queda más remedio; la cultura del corto plazo, centrándose casi exclusivamente en las tácticas obviando la estrategia; y la consideración de la innovación como un “gasto prescindible” o en todo caso un “lujo a valorar”.

No sabemos cómo será el tiempo que vendrá pero a buen seguro hay cosas que ya han cambiado para siempre. La oportunidad de innovar – aunque sea obligados a ello – y generar cambios (organizativos, de proceso, culturales…) a largo plazo y bien pensados, corre el riesgo de desaprovecharse. No se trata, por tanto, de preguntarnos si las empresas están o no por la innovación (ninguna diría lo contrario) sino de saber lo que realmente están dispuestas a llevar al campo de lo real y aterrizar en lo concreto.

 

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