Una de las trampas más frecuentes en el trabajo con territorios es confundir las dos cosas. El consenso es fácil de “fabricar”. La comunidad, no.
La mayoría de la gente evita discrepar en público. Lo sabemos, y aun así seguimos diseñando procesos participativos como si el silencio fuera acuerdo. Como si el hecho de que nadie diga que no significara que todo el mundo dice que sí.
No significa eso.

Imagen creada para esta entrada por IA (DALL-E)
Hace no mucho trabajamos en un territorio que había vivido una situación traumática casi veinte años atrás. Una fractura que había dividido al pueblo y que, dos décadas después, seguía ahí. Invisible en la superficie, presente en todo lo demás.
Había un grupo de jóvenes que querían revivir la asociación. Con energía, con ganas, con ideas. Y se topaban una y otra vez con el mismo muro sin entender muy bien de qué estaba hecho. Cuando nos reuníamos, nadie ponía objeciones. Nadie decía que no a nada. El consenso era aparentemente total.
Pero nadie se comprometía con nada tampoco.
Eso es lo que hace el consenso fabricado: paraliza sin que nadie sea responsable de la parálisis. Todo el mundo ha dicho que sí. Nadie ha dicho que no. Y sin embargo nada avanza.
La comunidad funciona de otra manera. No necesita que todo el mundo esté de acuerdo. Necesita que todo el mundo pueda seguir trabajando junto a pesar de no estarlo. Que los desacuerdos sean nombrables, que las fracturas puedan al menos reconocerse, que haya suficiente confianza para construir desde los acuerdos mínimos sin fingir que son más de lo que son.
Eso es lo más difícil de facilitar. No el momento en que la gente discute —ese al menos es honesto—, sino el momento en que la gente sonríe y asiente y luego no aparece.
En otro territorio encontramos justo lo contrario: no había asociación, no había estructura previa, pero había personas dispuestas a ponerse manos a la obra. A la hora de la verdad se quedaron bastante solas. Pero había algo real ahí. Un punto de partida genuino, aunque frágil.
Tengo más esperanza en ese segundo caso que en muchos consensos perfectos que he visto en mi vida.
Porque el consenso sin comunidad es decorado. Y el decorado, tarde o temprano, se cae.
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Desde siempre aspiré a hacer de este un mundo mejor, más justo, más igualitario. Desde COCREANET, la empresa de la que soy socia y fundadora, aterrizo mi propósito en proyectos de innovación, empresarial, social y, ahora también, rural. Un compromiso con las personas y con la sociedad.






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