El propósito es antes

En innovación, el propósito es el origen de cualquier proyecto. La estrategia, el porqué, es antes. Lo de menos es el cómo y el qué. En innovación social mucho más todavía.

En innovación, en general, y en innovación social, en particular, es frecuente encontrar proyectos diseñado en torno a la posibilidad concreta de acción: habilidades concretas de los emprendedores, competencias de una comunidad o un entorno, recursos de un territorio… Aunque la iniciativa es siempre valorable, lo más adecuado es haber planteado antes un propósito. El porqué de las cosas es lo que nos marca el camino, después ya llegarán el cómo y el qué.

propósito innovación social

Banco de imágenes de Pexels, by Khwanchai Phanthong

Y esto tiene que ser así porque lo contrario entraña un riesgo muy alto de fracaso. En primer lugar, debido a la incertidumbre sobre el resultado. Cualquier proyecto de innovación es incierto en cuanto a resultados, pero, cuando existe un propósito inicial, un resultado no esperado o no deseado no tiene por qué poner en peligro este propósito. Dicho de otra forma, si al materializar el propósito en una serie de acciones concretas se observa que esas acciones no conducen al resultado esperado, siempre existe la opción de probar con otras distintas.

Un ejemplo concreto lo tenemos en la reciente búsqueda de la vacuna contra el COVID-19. El propósito era claro desde el principio, a partir de ahí hemos conocido – y otros muchos ni siquiera – de proyectos que han terminado antes de tiempo porque no han logrado los resultados que se esperaba de ellos. Esta en el ADN de la innovación el principio de prueba y error, también en la ciencia.

Pensemos ahora en el ejercicio inverso: se diseña un nuevo producto pero todavía no se sabe a qué o dónde aplicar. Es lo que pasa muchas veces con la tecnología: se idea una nueva tecnología pero no termina de encontrarse su aplicación. Una vez más se trata del viejo error de confundir el fin con los medios.

Pero es que, además, y sobre todo al hablar de innovación social, lo que le da sentido es precisamente ese propósito. Trabajar la innovación social con propósito implica una estrategia, un plan que persigue unos objetivos de impacto, un horizonte a medio y largo plazo. Pensemos, por ejemplo, en la cantidad de proyectos de innovación social que se están poniendo en marcha en España para frenar el fenómeno de la despoblación. O la inmensa cantidad de ellos que llevan trabajándose en Cooperación Internacional, en países y con poblaciones vulnerables.

Todos esos proyectos tienen varios propósitos: empoderar a los pueblos, poner en valor los territorios, dinamizar el tejido social y productivo, caminar hacia la sostenibilidad ambiental y social, etc. Responden a una estrategia que ha sido pensada, interiorizada y que ha adquirido valor per se con independencia de las personas que estén a su cargo, de sus circunstancias, y de sus eventuales resultados.

A partir de ahí, de esa ideación estratégica, es cuando podemos empezar a plantear cómo llevarlo a cabo, utilizando por supuesto los recursos de los que dispongamos: las competencias o habilidades personales y comunitarias, los recursos naturales, la tecnología disponible, el patrimonio social… Es algo así como encontrar el “match” entre propósito y capacidades, hacerlo posible.

La estrategia siempre debería ser antes que las tácticas. Por ello, antes de lanzarnos a construir un proyecto innovador de cualquier tipo, pensemos por qué lo hacemos, qué perseguimos, cuál es el propósito del que bebe la idea. De no encontrarlo, tal vez es que no sea una buena idea seguir por ahí. Tampoco conviene forzarlo. Al contrario, cuando tengamos un propósito firme, sin duda terminaremos por encontrar la manera de llevarlo a cabo.

 

También te  puede interesar…

Innovación social y rural Innovación y su impacto social Estrategia, innovación y propósito

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *