Hay consultorías que cuando llegan a un territorio sacan los post-its, los rotuladores, los murales, y con eso consideran que ya han hecho algo innovador. No es una caricatura. Es algo que ocurre con más frecuencia de la que quisiéramos.
El problema no es la herramienta. El problema es confundir la herramienta con el propósito.

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Cualquier metodología de innovación es exactamente eso: una metodología. Un medio. Nunca un fin. Y cuando se convierte en fin —cuando lo importante es aplicar el método correctamente, con fidelidad a la ortodoxia, con todos los pasos en el orden correcto— algo esencial se pierde por el camino.
Esto pasa en cualquier sector, pero cuando hablamos de personas y territorios se hace especialmente patente. Porque un territorio no es un laboratorio controlado. Tiene su propia historia, sus propias dinámicas, sus propios tiempos. Y la metodología que funcionó perfectamente en otro contexto puede producir exactamente el resultado contrario aquí.
El open space que nadie recordó
Recuerdo haber asistido como participante, no como facilitadora, a un proceso de open space en un pueblo. El método se aplicó con total fidelidad. Todo en orden. Y al final, la gente del pueblo expresó una frustración que reconocí de inmediato: habían salido a la luz los problemas —otra vez los mismos problemas de siempre— pero no había aparecido ninguna solución. No se había concretado nada. El método había funcionado. El proceso, no.
Desde entonces, cuando facilito algo que llamo open space, en realidad es solo una inspiración en él. Lo ejecuto de manera diferente. Me aseguro de que los participantes se lleven algunas ideas nuevas de solución, no solo la confirmación de lo que ya sabían.
¿Es todavía open space? Depende de a quién le preguntes. A mí eso me da bastante igual.
Metodología heterodoxa, resultado innovador
Usar herramientas innovadoras no garantiza un resultado innovador. Exactamente igual que usar tecnología punta no garantiza que el proceso sea más eficiente. Y al revés: se puede llegar a un resultado genuinamente innovador de maneras mucho más heterodoxas, mezclando herramientas, construyendo cosas nuevas, improvisando cuando la situación lo pide.
Lo que sí creemos que merece fidelidad es el enfoque como filosofía: entender el problema en profundidad, plantearlo como un reto, generar soluciones posibles e hipotéticas, prototiparlas, probarlas, iterar, pivotar. Esa forma de pensar sí que nos parece irrenunciable. A partir de ahí, qué herramienta concreta usamos en cada momento es una decisión táctica, no una declaración de identidad.
Llevamos años estudiando metodologías de innovación precisamente para no depender de ninguna en particular. Para poder usar herramientas diferentes en momentos distintos sin despeinarnos. Y para saber cuándo la ortodoxia sirve al propósito y cuándo lo obstaculiza.
El método es un mapa. El territorio siempre es más complejo que el mapa. Y a veces hay que doblar el mapa y mirar por la ventana.
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Desde siempre aspiré a hacer de este un mundo mejor, más justo, más igualitario. Desde COCREANET, la empresa de la que soy socia y fundadora, aterrizo mi propósito en proyectos de innovación, empresarial, social y, ahora también, rural. Un compromiso con las personas y con la sociedad.






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