Hay una verdad incómoda sobre la participación que rara vez se dice en voz alta: la mayoría de la gente no quiere participar.
No porque sea pasiva o apática. Sino porque quiere que le resuelvan los problemas. Quiere que acierten con lo que necesita, que tomen buenas decisiones, que las cosas funcionen. Pero que lo hagan otros. Significarse tiene un coste, y mucha gente ha aprendido, con razón, que ese coste no merece la pena.

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Esto no es un defecto de las personas. Es el resultado de décadas de culturas institucionales que han pedido opinión sin escucharla, convocado asambleas sin cambiar nada, y premiado el silencio sobre la voz discrepante.
Lo que sí funciona, cuando funciona
En algunos pueblos de Soria —y en otros territorios de España bajo distintos nombres— pervive una figura que llevamos tiempo observando con respeto: la hacendera. Un trabajo vecinal colectivo, no remunerado, para el mantenimiento de bienes comunes: caminos, fuentes, montes. En Navarra la llaman auzolán. En Asturias, andecha. En otras zonas, vereda.
No es folclore. Es una forma de organización que ha sobrevivido porque resuelve problemas reales de forma eficiente, y porque está anclada en algo que ninguna metodología participativa puede fabricar de la noche a la mañana: la confianza entre vecinos y la convicción de que lo colectivo vale la pena.
Lo que hemos comprobado trabajando en territorios rurales es que donde se ha conservado esa tradición colaborativa —aunque sea de forma residual, aunque ya no se haga la hacendera propiamente dicha— los procesos participativos arrancan desde otro lugar. No hay que convencer a nadie de que trabajar juntos tiene sentido. Ya lo saben.
Lo que bloquea la participación
En el extremo opuesto están los territorios donde la participación se ha penalizado durante generaciones. Donde unos pocos han concentrado el poder y el resto ha aprendido que levantar la mano trae problemas. Donde el caciquismo —formal o informal— ha dejado una herencia de silencio que no desaparece porque convoquemos un taller.
En esos contextos, un proceso participativo bien diseñado puede hacer mucho. Pero no puede sustituir el tiempo que lleva reconstruir la confianza. Y si lo intenta, lo más probable es que produzca exactamente lo que queremos evitar: participación impostada, consenso de superficie, compromisos que nadie cumple.
Una pregunta que el sector no termina de hacerse
La propia Política Agraria Común, cuando diseñó los Grupos de Desarrollo Rural como entidades de participación local, no anticipó que décadas después ese modelo estaría en cuestión. La idea era buena: acercar las decisiones al territorio, implicar a la gente local. Lo que no se previó es que las condiciones culturales y relacionales de cada territorio importan tanto como el diseño institucional.
Esa es precisamente la pregunta que está en el centro de DEMOS RURAL, un proyecto en el que llevamos tiempo trabajando: ¿por qué los procesos participativos en el rural no han terminado de cuajar? ¿Qué condiciones previas necesitan para tener alguna oportunidad real?
No tenemos aún todas las respuestas. Pero sí tenemos una certeza: la participación no se improvisa. No se convoca. No se facilita de la nada.
Se cultiva. Durante años. Y a veces, durante generaciones.
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Desde siempre aspiré a hacer de este un mundo mejor, más justo, más igualitario. Desde COCREANET, la empresa de la que soy socia y fundadora, aterrizo mi propósito en proyectos de innovación, empresarial, social y, ahora también, rural. Un compromiso con las personas y con la sociedad.






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