Aprendizajes desde la crisis de COVID-19. Desde la incertidumbre

Que vivimos en un contexto de alta incertidumbre no es discutible. Que esto no es nuevo pero que hoy más que nunca es tangible, tampoco lo es. Pero una cosa es decirlo y otra muy distinta asumirlo. El discurso teórico está lleno de afirmaciones sobre la incertidumbre pero hay una resistencia brutal a la hora de llevarlo a la práctica.

COVID Incertidumbre VUCA

Banco de imágenes de Pixabay, autor StockSnap

Lo estamos viendo a diario, en nuestro entorno de innovación y también fuera de él: en la gestión empresarial, en la actividad política y social y en la opinión pública en general. La primera crítica que nos encontramos en cualquier medio de comunicación tiene que ver con la supuesta falta de planificación o previsión, con la improvisación como arma arrojadiza. No vamos a entrar en cuestiones espinosas, que con los ánimos como andan nos pueden granjear algún que otro enemigo, aunque, todo hay que decirlo: es fácil hablar desde el sofá, con la tranquilidad de no tener que asumir responsabilidades, y/o a toro pasado. Sesgo por resultados.

¿Cómo se puede planificar algo que no se sabe que va a ocurrir?

¿Cómo se puede planificar algo que no se sabe que va a ocurrir? Dicho de otro modo, ¿cómo se puede planificar la incertidumbre? Definitivamente, las personas nos llevamos fatal con la incertidumbre. Lo grave no es admitir humildemente esta limitación humana, con más o menos cargo de conciencia (en mi caso, por ejemplo, que me dedico a trabajar la innovación con empresas, resulta un tanto “vergonzoso” reconocer que me cuesta horrores navegar en la incertidumbre cuando mi propia vida está afectada), lo grave es justamente lo contrario: la ceguera de echar balones fuera por no admitir que nos asusta horrores esta falta de certeza sobre el futuro, juzgar a los otros por no haber sido capaces de anticipar ese futuro incierto.

Como digo, estamos viendo diferentes versiones de este mismo mecanismo mental a todas horas en los últimas semanas: trabajadores que se quejan de sus jefes porque nunca supieron planificar (¿adivinar?) la necesidad de hacer teletrabajo, cuando ellos mismos se han visto superados en sus vidas personales por necesidades que nunca hubieran podido predecir; ciudadanos que se quejan de sus dirigentes políticos porque improvisaron medidas de distinto índole, cuando ellos mismos reconocen que toda esta situación “les cogió con el pie cambiado”; empresas que se lamentan de la falta de previsión de sus proveedores, cuando ellas mismas están desbordadas para seguir atendiendo la demanda de sus clientes; y así un largo etcétera.

Hoy es más cierto que nunca eso de que se ve la paja en el ojo ajeno.

Pero la entraña más dolorosa tiene que ver con nuestra propia condición humana. Las personas, en tiempos duros como el que estamos ahora viviendo, anhelamos certezas, suspiramos porque alguien (¿un visionario?) nos arroje un poco de luz que nos permita controlar mínimamente nuestra maltrecha cotidianeidad, necesitamos vitalmente poder planificar un futuro que presentimos negro.

En esta misma tesitura llevan viviendo años algunos sectores industriales, algunas empresas, algunos profesionales (o muchos, quién sabe): ¿cómo gestionar en un contexto de alta incertidumbre? ¿cómo planificar recursos ante el cambio permanente e impredecible? En definitiva, ¿cómo las herramientas de innovación pueden ayudarnos a surfear sobre un presente y un futuro tan inimaginable?

En este blog hemos hablado tantas veces de entornos VUCA, de metodologías ágiles, de mecanismos de supervivencia y adaptación… Sabemos que hemos sido incluso pesados (algún cliente nos lo ha insinuado en alguna ocasión “ya estamos hartos de escuchar lo de los entornos VUCA, sabemos perfectamente lo que es”).

La incertidumbre era esto…

Vaya, pues parece que no sabíamos tan perfectamente lo que era. La incertidumbre era esto: no saber si mañana vas a ir al trabajo o no, no saber siquiera si vas a tener trabajo, no saber si vas a poder disponer de lo básico para tu vida, no saber siquiera si vas a mantener la vida (tú y tus seres queridos), no saber cuánto va a durar esta situación, no saber cómo va a afectar a tu manera de vivir… De acuerdo, esto es mucho más duro cuando lo situamos en un marco personal que en el de la gestión empresarial. Al menos el “amarillismo” debería servirnos para juzgar a los demás de una manera un poco más benévola. La pandemia nos ha igualado a todos, aunque no queramos darnos cuenta.

Hay una buena noticia: los seres humanos somos genuinamente creativos e innovadores (de lo contrario, no habríamos bajado de los árboles). Tenemos la opción de hacer uso de esas cualidades para sobrevivir, incluso para empezar a poner semillas de un futuro que aunque incierto podemos intentar reconducir a nuestro favor. Una opción que podemos aplicarnos a nosotros mismos (en nuestro trabajo, en nuestra casa, con nuestra familia), pero también hacer extensiva a nuestro entorno, haciendo uso de esa otra capacidad que no creo que sea genética pero sí conveniente: la de la responsabilidad colectiva.

¿Cómo podríamos, cada uno de nosotros, contribuir a que nuestras empresas se adapten al teletrabajo? ¿cómo podríamos ayudar a nuestros vecinos y conciudadanos a sobrellevar mejor estos tiempos difíciles? ¿cómo podríamos aportar nuestros talentos para la mejor toma de decisión de nuestros gobernantes? ¿cómo podríamos apoyar a nuestros clientes y a nuestros proveedores para intentar que la producción se resienta lo menos posible? Pregunta mágica: ¿cómo podríamos…? Empodera, libera, activa, inspira y une. Todo lo contrario de lo que por desgracia estamos viendo tan abundantemente.

La incertidumbre no nos gusta pero nos toca lidiar con ella, así que sólo hay dos opciones: o navegarla tirando de nuestras cualidades o seguir dejándonos arrastrar por la corriente mientras nos consolamos pensando que qué mal lo está haciendo mi empresa, mi jefe, mi vecino, mi cliente, mi proveedor, mi gobierno.

 

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