Innovación sí, pero gestión también

Hay un sesgo que nos toca de lleno como ingenieros y con el que lidiamos casi en cada proyecto que abordamos desde la innovación: el de la planificación.

Puede resultar contradictorio, en una primera lectura rápida, hablar ahora de planificación cuando nos hemos cansado de repetir aquello de asumir la incertidumbre, inherente a cualquier proceso de innovación. Pero no lo es y vamos a intentar explicarnos en este post.

innovacion gestion

Banco de imágenes de Pixaby, by Geralt

En un proyecto, sea de la clase que sea, también en innovación, hay una labor de gestión que no puede obviarse y que tiene que ver con varias cosas: la coordinación entre roles participantes, también entre funciones, la conexión entre los componentes del proceso (a nivel, por ejemplo, de secuencialidad cuando es necesario aplicarla), el control de los tiempos, el ajuste a los alcances que se han acordado previamente, etc.

La incertidumbre con la que hay que trabajar en innovación tiene que ver, sobre todo, con los resultados. En un proyecto clásico de ingeniería, los resultados son siempre ciertos, o deberían serlo (si no, mal vamos). Por ejemplo, si vamos a construir un puente tenemos que conocer a priori sin margen de error qué materiales necesitamos, en cuánta cantidad, cuánto tiempo tardaremos en llevarlo a cabo, qué riesgos tenemos que manejar… Y, por supuesto, certidumbre también en los resultados: cuánta capacidad tendrá el puente, qué resistencia al peso, a la velocidad del viento, etc.

En innovación, a diferencia del ejemplo anterior, partimos de unas hipótesis y lo que buscamos precisamente es validarlas o no con los resultados de la experimentación. Eso implica que contamos con unos recursos de partida (estos sí, conocidos) pero los resultados que vamos a obtener son inciertos, y de ahí precisamente el valor del proceso: el aprendizaje que se va a producir tanto si las hipótesis se validan como si no. En este sentido, podríamos decir que el valor de los resultados no está en ellos per se sino en el proceso y en los aprendizajes. Alguna entrada de blog hemos escrito ya explicando por qué los resultados de la innovación hay que valorarlos según la cantidad de aprendizaje acumulado.

Ahora bien, que no podamos arrojar luz a priori sobre los resultados no implica en absoluto que tengamos que trabajar en el más absoluto caos. Y esto es lo que pasa cuando la labor de gestión se deja a un lado: el caos lo domina todo (o más bien, la suerte, que es casi decir lo mismo). Tal vez sea ese doble perfil que tenemos (de profesionales de la innovación, pero también de ingenieros) lo que nos permite mutar del modo “innovación” al modo “ingeniero” casi sin pestañear. Pero me atrevería a decir que está precisamente ahí el valor de nuestra participación en los proyectos: esa doble personalidad de Dr. Jekyll y Mr. Hyde.

Desde una perspectiva casi filosófica podríamos afirmar que cuando la innovación se convierte en un proyecto de alguna manera estamos “domesticándola”, convirtiendo la incertidumbre en algo manejable (y gestionable, por tanto). Aterrizar la innovación (y alguna entrada también encontrará el lector en el blog al respecto) es justo eso: traducir los objetivos de aprendizaje a una gestión de proyecto. Empieza entonces la parte menos “glamourosa” (pero también más efectiva) del proceso: los Excel, los Gantt, los documentos de alcance, los requisitos técnicos y funcionales, etc. Aquí es cuando a más de uno/a le sale la alergia (permítaseme la broma).

La gestión es aburrida, qué duda cabe!! Pero necesaria si queremos llevar a término un proyecto de innovación con las mínima ambición de lograr aprendizajes.

 

 

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