Hay una pregunta que casi nadie hace en voz alta cuando un proyecto empieza a ir mal: ¿deberíamos parar?
No porque no se piense. Se piensa. Pero decirlo en voz alta tiene un coste. Alguien financia. Alguien ha firmado. Alguien ha puesto su nombre. Y entonces el proyecto sigue, aunque todos sepan que algo no está funcionando.
Estoy pensando en un proyecto concreto mientras escribo esto. Un laboratorio de innovación social en un territorio rural. Bien diseñado sobre el papel. Con financiación, con metodología, con un equipo comprometido. Y con un problema que nadie había anticipado del todo: antes de poder desarrollar el laboratorio, había que generar las condiciones mínimas para que ese laboratorio pudiera llegar a existir.

Imagen creada para esta entrada por IA (DALL-E)
Un grupo que no estaba cohesionado. Un propósito que no era compartido. Un territorio con sus propias dinámicas, sus propios tiempos, sus propias resistencias. Nada de eso aparecía en el diseño original.
Lo que vino después fue una sucesión de adaptaciones. Sesiones canceladas, fechas cambiadas, formatos reducidos. Ajustes operativos que trataban de salvar un proyecto cuyo problema de fondo no era operativo. Era estructural.
Y el proyecto sigue abierto.
No lo cuento como un fracaso. Lo cuento como un ejemplo de algo que veo con frecuencia en proyectos de innovación social: la dificultad de nombrar lo que no está funcionando cuando nombrarlo tiene consecuencias. Cuando hay una entidad financiadora, un plazo, una memoria justificativa esperando al final.
El sistema de financiación de la innovación social penaliza el fracaso y premia la continuidad. Da igual si esa continuidad tiene sentido o no. Lo que importa es que el proyecto llegue a término, que las horas se justifiquen, que los indicadores se cumplan.
Eso produce una cantidad enorme de energía mal invertida. De equipos que siguen remando en una dirección que ya saben que no lleva a ningún sitio. De informes que describen logros que no han ocurrido del todo.
Parar a tiempo no es rendirse. Es reconocer que la información que tienes ahora es mejor que la que tenías cuando empezaste. Y que tomar decisiones con mejor información es exactamente lo que se supone que hace alguien que innova.
La pregunta que nadie hace en voz alta merece hacerse. Antes de que sea demasiado tarde para que la respuesta sirva de algo.
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Desde siempre aspiré a hacer de este un mundo mejor, más justo, más igualitario. Desde COCREANET, la empresa de la que soy socia y fundadora, aterrizo mi propósito en proyectos de innovación, empresarial, social y, ahora también, rural. Un compromiso con las personas y con la sociedad.






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