Producir más, ¿para qué?

¿Para qué producir más?Cuando la capacidad productiva ha llegado ya al límite de sus posibilidades, a la capacidad creativa le queda casi todo el camino por recorrer.

El mundo se entregó a partir del siglo XX al Dios de la productividad y de momento sigue sin apearse. La productividad se convierte en la medida de todas las cosas, el criterio de verdad y la moneda para medir la bondad de empresas, organizaciones, personas y sociedades. Pero, ¿es productivo seguir produciendo más y más? ¿No será que esta loca carrera por producir nos está llevando al absurdo? ¿Para qué seguir produciendo sin límites?

Producir mas para que

Banco de imágenes de Creative Commons, autor lac-bac

Los principios de la organización científica del trabajo ideados por Taylor en las primeras décadas del siglo XX sientan las bases de la organización empresarial que conocemos. Somos herederos de esos criterios y seguimos trabajando conforme a ese modelo. El desarrollo de las sociedades de consumo que tiene lugar sobre todo a partir de la Segunda Guerra Mundial resulta la aplicación idónea de los resultados de esa producción en masa. Una sociedad que necesitaba casi de todo y una industria engrasada para proporcionárselo.

Entramos al siglo XXI con un panorama de sobre saturación de bienes de consumo, aunque con un resultado muy desigual según las regiones del mundo (y para vergüenza de todos siguen existiendo millones de personas que carecen de todo, hasta lo más básico). Nuestras sociedades ricas empezaban a mostrar signos de desbordamiento: productos que se lanzan al mercado y que son un completo fiasco, marcas históricas que mueren por no saber adaptarse a los gustos del nuevo consumidor, movimientos contestatarios al exceso del consumismo, multiplicación masiva en la generación de residuos, destrucción del medio ambiente…

Aparece entonces la crisis económica y financiera que afecta principalmente a esos países ricos y esto no es un hecho aislado, sino que tiene mucho que ver con ese estilo de vida y ese modelo de organización social (hay una cantidad infinita de lectura de todos los gustos en las que se analizan todos las implicaciones causa – efecto). Cuando el tsunami de la crisis alcanza a la gente corriente (desempleo, incapacidad para hacer frente a hipotecas y otros compromisos económicos, dificultad de acceso al crédito…), se produce una inevitable reducción drástica del consumo. Las máquinas de producir, llevadas por la inercia, tardan en hacerse eco de la disminución en la demanda y, para cuando lo hacen, reaccionan con frenazos bruscos que ocasionan más paro y más crisis. A día de hoy, todavía no hay acuerdo en considerar si ya hemos pasado todo lo que había que pasar.

Taylor posiblemente no hubiera podido imaginar que habría un tiempo futuro en el que la capacidad productiva llevada hasta los límites de lo imposible, terminaría por ocasionar un colapso como este. Pero, como pasa en todas las revoluciones, no hay un día en que te levantas y el mundo ha cambiado, sino que años atrás ya empiezan a aparecer ideas visionarias que muy pocos se atreven a pregonar pero que muestran signos y síntomas de que algo distinto está por venir.

Muy al principio de la segunda mitad del siglo XX, Taiichi Ohno ya implantó en Toyota un modelo distinto de producción que contradecía la norma de la ciencia del trabajo de Taylor, contrario incluso a la intuición, y con el que consiguió catapultar a su empresa como una de las más importantes del mundo. Otras organizaciones se salieron también de la norma y copiaron con éxito los modelos LEAN y Just In Time, demostrando que tal vez no había una sola verdad y que seguramente el futuro se presentaba de distinta forma.

Para cuando los consumidores empezaron a dar la razón a estos visionarios, surgieron marcas que explotaron conceptos como la microsegmentación, el long –tail y la personalización en sus productos de consumo, por mucho que los commodities siguieran siendo la norma. Cambió  el marketing, se instaló la experiencia de compra y la tecnología y los nuevos canales de comunicación hicieron el resto. El cliente había cambiado, se había vuelto exquisito y exigente, no quería ser como los demás y reclamaba un trato diferencial, las firmas que no se adaptaran a estos cambios estaban condenadas, con o sin crisis de por medio.

Ya no se trata de producir más y más para satisfacer a una sociedad de consumo, ávida de productos, dispuesta a engullir todo lo producido casi sin pensar. Se trata de producir de manera controlada, acorde a la demanda, una demanda cada vez más fragmentada que obliga a replantearse la misma organización del trabajo. Satisfacer al cliente, coronado rey, no es un resultado que pueda esperarse solamente de la optimización, con precisión matemática, de máquinas y cadenas de producción: es una función de la imaginación de las personas, de su talento y creatividad. El mercado se encarga se demostrar que es el trabajador, y no la máquina, la pieza principal del éxito en la producción. Un trabajador con nombre y apellidos, integrante de un equipo de trabajo pero no intercambiable fácilmente al modo de las cadenas clásicas de producción, un ser humano con capacidades y talento distintos al resto de seres humanos y por ello valioso.

Cuando el talento y la creatividad pasan por delante de los KPIs tradicionales, a eso lo llamamos innovación. Las organizaciones que sigan considerando la innovación como una moda pasajera o como un lujo prescindible, están condenadas a desaparecer por incapacidad para satisfacer a sus potenciales clientes, por mucho que se consideran a sí mismas commodities (eso sólo alargará su agonía pero no les evitaría un final dramático).

Para cuando la capacidad productiva ha llegado ya al límite de sus posibilidades, a la capacidad creativa le queda casi todo el camino por recorrer. Hasta aquí hemos sido más productivos que innovadores pero ¿para qué seguir produciendo más? Tal vez la revolución que viene, esa que de momento sólo está en la cabeza de algunos visionarios (aunque cada vez son más), sea una especie de des-revolución (por contraposición a esa otra revolución en la que producir más era el objetivo) caracterizada por menos producción y mucha más innovación. Un nuevo tiempo en el que las capacidades de las personas se utilicen no para producir más sino para producir distinto (distintas formas de organización del trabajo, organizaciones diferentes, productos nuevos, valores y principios diferentes…).

Con suerte, la imaginación también se podrá poner al servicio de dotar de lo necesario a todas esas otras partes del mundo que siguen viviendo en la miseria. La prosperidad podrá no ser entonces un reflejo de cuánta cantidad producimos, si no de cuánta capacidad tenemos para hacer mejor la vida de la gente.

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